3.14 Mensaje a los ol­vi­da­dos

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¿Acaso ol­vi­da una mu­jer a su niño de pe­cho, sin com­pa­de­cer­se del hijo de sus en­tra­ñas? Pues aun­que ésas lle­ga­sen a ol­vi­dar, yo no te ol­vi­do.
- Isaías 49, 15

Mensaje a los ol­vi­da­dos ¿A quién no le ha pa­sa­do nun­ca el sen­tir­se solo y aban­do­na­do? Todos lo he­mos vi­vi­do al­gu­na vez. De he­cho, en la so­cie­dad en la que vi­vi­mos es cada vez más co­mún en­con­trar­se fa­mi­lias ro­tas o deses­truc­tu­ra­das, ami­gos pe­lea­dos, re­la­cio­nes de años aban­do­na­das y un lar­go et­cé­te­ra de si­tua­cio­nes que re­le­gan inexo­ra­ble­men­te a uno en el in­fierno de la so­le­dad. Y no, no es una exa­ge­ra­ción, quien ha pa­sa­do por ahí lo sabe: la so­le­dad pue­de lle­gar a con­ver­tir­se en una au­tén­ti­ca pe­sa­di­lla. Mira a la de­re­cha, y ve, no hay na­die que me co­noz­ca. No hay re­fu­gio para mí, na­die que de mí se cui­de (Salmo 142, 5). ¡Cuánta pena! Pero… ¿Cuál es la raíz de éste su­fri­mien­to? Pues sim­ple­men­te el pen­sar que no con­ta­mos para na­die, que no “somos” para na­die o, en de­fi­ni­ti­va, que na­die nos quie­re… ¡Nada más le­jos de la reali­dad! ¡Dios te ama y no te aban­do­na nun­ca! ¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mi­ma­do, que tras ha­ber­me dado tan­to que ha­blar, ten­ga que re­cor­dar­lo to­da­vía? Pues, en efec­to, se han con­mo­vi­do mis en­tra­ñas por él; ter­nu­ra ha­cia él no ha de fal­tar­me -oráculo de Yahvé- (Jeremías 31, 20). ¡Y Dios ha pre­pa­ra­do para ti una his­to­ria ma­ra­vi­llo­sa!

Ciertamente, te­ner la ex­pe­rien­cia de ha­ber sido aban­do­na­do o ser “olvidado” es muy do­lo­ro­so. Pero te­ner la ex­pe­rien­cia de que Dios no lo hace te re­con­for­ta y con­sue­la has­ta lí­mi­tes in­sos­pe­cha­dos. Pues sólo Dios bas­ta (Santa Teresa de Jesús)[6]. Por eso… ¡Alégrate! No es­tás sólo, nun­ca lo has es­ta­do y nun­ca lo es­ta­rás: Dios te acom­pa­ña cada paso del ca­mino. Como dice el pro­fe­ta Isaías: ¿Acaso ol­vi­da una mu­jer a su niño de pe­cho, sin com­pa­de­cer­se del hijo de sus en­tra­ñas? Pues aun­que ésas lle­ga­sen a ol­vi­dar, yo no te ol­vi­do (Isaías 49, 15). Además, mu­chas ve­ces los mo­men­tos de ma­yor so­le­dad son los que más a me­nu­do Dios se hace más pre­sen­te en la pro­pia vida, has­ta en los más pe­que­ños de­ta­lles. Por eso, si hoy no ves a Dios cer­ca de ti… ¡Presta aten­ción a tu al­re­de­dor! Pues cier­ta­men­te Dios está amán­do­te des­de más cer­ca de lo que crees. Efectivamente, na­die está real­men­te solo en este mun­do: Dios siem­pre bus­ca en­con­trar­se con cada uno de no­so­tros. ¡Y tú no eres una ex­cep­ción!