3.15 Mensaje a los pe­ca­do­res

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¿Acaso me com­plaz­co yo en la muer­te del mal­va­do -oráculo del Señor Yahvé- y no más bien en que se con­vier­ta de su con­duc­ta y viva?
- Ezequiel 18, 23

Mensaje a los pe­ca­do­res Adán y Eva son una fi­gu­ra muy cla­ra de qué es y qué pro­vo­ca en no­so­tros el pe­ca­do. Primero, sur­ge un en­ga­ño del ma­ligno, que te dice… ¿Eso malo? ¡Qué va! Mira bien… ¿No es ape­te­ci­ble? Acuéstate con esa chi­ca, lo pa­sa­rás bien. Roba a tus pa­dres y ve­rás qué juer­ga te mon­tas con su di­ne­ro. Pisa a tu com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo y as­cien­de tú, que des­pués de tan­to tiem­po ya te lo me­re­ces. Murmura, mien­te, im­pón tu opi­nión, de­mues­tra que man­das tú, date al li­ber­ti­na­je. Y tú y yo, como Eva, ve­mos esa man­za­na y de­ci­mos… ¿Por qué no? Yo quie­ro eso, quie­ro ser fe­liz… Pero al pe­car te das cuen­ta de que eso que apa­ren­te­men­te era bueno te ha he­cho daño, mu­cho daño. No hay ni ras­tro de fe­li­ci­dad, solo un goce tem­po­ral y va­cío se­gui­do de la muer­te. Y una vez muer­to, vuel­ves a caer una y otra vez, para vol­ver a sen­tir ese goce efí­me­ro: te vuel­ves es­cla­vo del pe­ca­do por mie­do a la muer­te. Y mu­chas ve­ces has­ta el pun­to de vol­ver­te in­do­len­te: ma­tas tam­bién a tu con­cien­cia, acos­tum­brán­do­te a vi­vir así, has­ta que ya no pue­des más y bueno… en­tra la be­bi­da, las dro­gas, etc. En de­fi­ni­ti­va, una eva­sión para no pen­sar en el su­fri­mien­to que lle­vas den­tro. Y en los peo­res ca­sos se pue­de lle­gar a la de­pre­sión y al sui­ci­dio. Pero hay una al­ter­na­ti­va: siem­pre la hay. Se tra­ta de la con­ver­sión.

En mi an­gus­tia gri­té a Yahvé, pedí so­co­rro a mi Dios; des­de su tem­plo es­cu­chó mi voz, re­so­nó mi so­co­rro en sus oí­dos (Salmo 18, 7). Y la res­pues­ta de Dios ha sido ha­cer­se hom­bre, co­no­cer tus su­fri­mien­tos en su pro­pia car­ne, mo­rir por amor a ti y re­su­ci­tar para des­truir la muer­te y el pe­ca­do que te atan. De esta for­ma te ha re­ga­la­do el per­dón de los pe­ca­dos y la vida eter­na. Por eso, es­tés como es­tés y ha­yas he­cho lo que ha­yas he­cho, tie­nes hoy la po­si­bi­li­dad de ele­gir el ca­mino de la Vida y del amor de Dios, que te lle­va­rá a la sal­va­ción: Pues el sa­la­rio del pe­ca­do es la muer­te; pero el don de Dios, la vida eter­na en Cristo Jesús Señor nues­tro (Romanos 6, 23). Por eso… ¡Arrepiéntete, con­fié­sa­te y bus­ca a Dios! Dios, que te ama, te per­do­na­rá, te dará la vida y te sa­cia­rá cada ma­ña­na de su amor inago­ta­ble. Deje el malo su ca­mino, el hom­bre inicuo sus pen­sa­mien­tos, y vuél­va­se a Yahvé, que ten­drá com­pa­sión de él, a nues­tro Dios, que será gran­de en per­do­nar (Isaías 55, 7). Y si mil ve­ces caes, mil ve­ces le­ván­ta­te; pues los cris­tia­nos no son los que no pe­can, sino los que que­rien­do aban­do­nar aque­llo que les hace mal, con las ar­mas de la luz, lu­chan dia­ria­men­te con­tra el pe­ca­do en un com­ba­te del que Dios les hace ven­ce­do­res por su gra­cia. ¿El pre­mio? La vida eter­na, que pue­des dis­fru­tar ya aquí en la tie­rra.