3.16 Mensaje a los per­di­dos

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El que de en­tre vo­so­tros tema a Yahvé oiga la voz de su Siervo. El que anda a os­cu­ras y ca­re­ce de cla­ri­dad con­fíe en el nom­bre de Yahvé y apó­ye­se en su Dios.
- Isaías 50, 10

Mensaje a los per­di­dos Hay mo­men­tos de la vida que uno se sien­te real­men­te per­di­do: no ve nada cla­ro, no sabe qué ha­cer con su vida, qué sen­ti­do tie­nen las co­sas que le pa­san y con qué pro­pó­si­to vive. Como dice el pro­fe­ta Isaías, mu­chas ve­ces an­da­mos en la vida a os­cu­ras, sin nin­gu­na luz que nos guíe, sin pro­pó­si­to y sin sen­ti­do. Ha ce­sa­do la ale­gría del co­ra­zón, se ha tro­ca­do en due­lo nues­tra dan­za (Lamentaciones 5, 1). Vivir en este es­ta­do de os­cu­ri­dad es real­men­te de­ses­pe­ran­te y con­fu­so. Por ello… ¡Pon tu con­fian­za en Dios! Pues el que de en­tre vo­so­tros tema a Yahvé oiga la voz de su Siervo. El que anda a os­cu­ras y ca­re­ce de cla­ri­dad con­fíe en el nom­bre de Yahvé y apó­ye­se en su Dios (Isaías 50, 10). Si hay algo se­gu­ro es que Él te ama y que tie­ne una vi­sión mu­cho más pe­ne­tran­te que la tuya: Él ve más allá. Por eso, sus pla­nes son siem­pre me­jo­res. Y por eso, si po­nes tu con­fian­za en Dios no que­da­rás de­frau­da­do.

¿No ves nin­gún ca­mino que se­guir? ¿No sa­bes por dón­de ti­rar o ha­cia dón­de di­ri­gir tu vida? ¡Espera y con­fía en Dios! Él es per­fec­ta­men­te ca­paz de abrir ca­mi­nos don­de pa­re­ce que no los hay, como dice a tra­vés de Isaías: Porque cuan­to aven­ta­jan los cie­los a la tie­rra, así aven­ta­jan mis ca­mi­nos a los vues­tros y mis pen­sa­mien­tos a los vues­tros (Isaías 55, 9). Él pue­de dar un sen­ti­do com­ple­ta­men­te nue­vo a tu vida, y pue­de mos­trar­te que ab­so­lu­ta­men­te todo lo que ha ocu­rri­do en ella ha es­ta­do bien: todo tie­ne un sen­ti­do y un pro­pó­si­to. ¡Hasta aque­llo de lo que más re­ne­ga­mos y que­rría­mos cam­biar! Y sí, mu­chas ve­ces apa­re­ce­rá esta os­cu­ri­dad en tu vida, como lo hace en la de to­dos los hom­bres. Y du­da­rás, al igual que du­dan to­dos los hom­bres. Sin em­bar­go, con­fía fir­me­men­te en Dios y acó­ge­te a Él en la ora­ción, pues Dios es ca­paz de po­ner luz en me­dio de toda esa os­cu­ri­dad. ¡Y Él no te fa­lla­rá!