3.19 Mensaje a los re­bel­des

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¡Ay de quien li­ti­ga con el que la ha mo­de­la­do, la va­si­ja en­tre las va­si­jas de ba­rro! ¿Dice la ar­ci­lla al que la mo­de­la: «¿Qué ha­ces tú?», y «¿Tu obra no está he­cha con des­tre­za?»?
- Isaías 45, 9

Mensaje a los re­bel­des ¿De ver­dad crees que lo ha­rías me­jor que Dios? Recuerda las obras de Dios, que ha crea­do el uni­ver­so y todo cuan­to con­tie­ne, y lo ha he­cho con una com­ple­ji­dad tal que asom­bra y man­tie­ne ocu­pa­dos a mi­les de cien­tí­fi­cos. Cosas más gran­des que és­tas aún per­ma­ne­cen ocul­tas, pues no­so­tros he­mos vis­to sólo una par­te de sus obras (Eclesiástico 43, 32). La obra de Dios es mag­ní­fi­ca, y no sólo en la crea­ción, tam­bién en tu vida. ¿Dónde está en­ton­ces el pro­ble­ma? En el en­ga­ño del ma­ligno que, como hizo con Adan y Eva, nos in­si­núa que lo me­jor es que ha­ga­mos lo que que­ra­mos: que se cum­plan nues­tros pla­nes. Pero los pla­nes de Dios son siem­pre me­jo­res, pues su vi­sión es mu­cho más am­plia y pe­ne­tran­te. Porque cuan­to aven­ta­jan los cie­los a la tie­rra, así aven­ta­jan mis ca­mi­nos a los vues­tros y mis pen­sa­mien­tos a los vues­tros (Isaías 55, 9). Él co­no­ce lo que tú ni si­quie­ra ima­gi­nas y… ¡Te ama pro­fun­da­men­te!

Si es­tás en un tiem­po de prue­ba, duro, y con mu­cho su­fri­mien­to, te re­co­mien­do que con­fíes en Dios y no te re­be­les con­tra Él. Porque es­ti­mo que los su­fri­mien­tos del tiem­po pre­sen­te no son com­pa­ra­bles con la glo­ria que se ha de ma­ni­fes­tar en no­so­tros (Romanos 8, 18). Y muy po­si­ble­men­te, si se lo pi­des y es bueno para for­ta­le­cer tu Fe, Dios te hará ver que esa si­tua­ción es para tu bien. Porque la fe no es cie­ga, sino que se basa en la ex­pe­rien­cia del amor de Dios en tu vida y en ex­pe­ri­men­tar un en­cuen­tro per­so­nal con Él. Además, en nin­gún mo­men­to Dios te deja solo: Él, en su hijo Jesucristo, ha su­fri­do to­dos los ma­les y co­no­ce de pri­me­ra mano tus su­fri­mien­tos: Despreciado, mar­gi­na­do, hom­bre do­lien­te y en­fer­mi­zo, como de ta­par­se el ros­tro por no ver­le, Despreciable, un Don Nadie (Isaías 53, 3). Por eso te ha dado las ar­mas de la luz, una ayu­da im­pre­sio­nan­te que te per­mi­ti­rá man­te­ner la es­pe­ran­za del amor de Dios y de la vida eter­na en todo mo­men­to. ¡Dios te ama! ¡Ánimo!