3.20 Mensaje a los su­pers­ti­cio­sos

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Yo soy Yahvé, no hay nin­gún otro; fue­ra de mí nin­gún dios exis­te. Yo te he ce­ñi­do, sin que tú me co­noz­cas.
- Isaías 45, 5

Mensaje a los su­pers­ti­cio­sos Sólo Dios es Dios. Él te ama y bus­ca tu bien. Y na­die pue­de con­tra Dios: no hay nada que te­mer. ¿Quién nos se­pa­ra­rá del amor de Cristo? ¿La tri­bu­la­ción?, ¿la an­gus­tia?, ¿la per­se­cu­ción?, ¿el ham­bre?, ¿la des­nu­dez?, ¿los pe­li­gros?, ¿la es­pa­da? Pero en todo esto sa­li­mos más que ven­ce­do­res gra­cias a aquel que nos amó (Romanos 8, 35.37). Pero qui­zás he ido de­ma­sia­do rá­pi­do: ha­bla­mos de su­pers­ti­cio­nes, es de­cir, co­sas que ni si­quie­ra son una ame­na­za real. ¿Un es­pe­jo roto? ¿Gatos ne­gros? ¿Fantasmas? ¿Horóscopos? Todo eso no son más que ob­je­tos, cria­tu­ras de Dios o in­ven­cio­nes de la men­te hu­ma­na. No tie­nen po­der. Jamás li­bran a na­die de la muer­te, ni arran­can al dé­bil de las ma­nos del po­de­ro­so. No pue­den de­vol­ver la vis­ta al cie­go, ni li­brar a na­die de su apu­ro (Baruc 6, 35-36). Los ob­je­tos, ade­más, fue­ron fa­bri­ca­dos por hom­bres y nada es­pe­cial pue­de un hom­bre po­ner en ellos. ¿A quién, pues, no re­sul­ta evi­den­te que no son dio­ses? (Baruc 6, 51). ¡Hasta la cien­cia lo de­mues­tra! No hay nada en ellos que pue­da ha­cer­te daño. Y aun­que así fue­ra, Dios es más fuer­te que todo lo que exis­te. ¡Y Él te ama!

¿Dónde está en­ton­ces el pro­ble­ma? En la in­se­gu­ri­dad… ¡No te fías de Dios! Pero Él lo dice cla­ra­men­te: ¿No se ven­den dos pa­ja­ri­llos por un as? Pues bien, ni uno de ellos cae­rá en tie­rra sin el con­sen­ti­mien­to de vues­tro Padre. En cuan­to a vo­so­tros, has­ta los ca­be­llos de vues­tra ca­be­za es­tán to­dos con­ta­dos (Mateo 10, 29-30). ¡No te­mas, Dios te ama! No de­bes ni si­quie­ra te­mer si tú mis­mo le pi­des algo malo para ti o para los de­más, pues como ates­ti­guan los após­to­les: Pedís y no re­ci­bís por­que pe­dís mal (Santiago 4, 3a). Porque Dios, que te ama, bus­ca siem­pre tu bien. Por su­pues­to, Dios res­pe­ta tu li­ber­tad, pero no por ello Dios de­ja­rá de amar­te o te con­ce­de­rá algo malo. No ol­vi­de­mos, por úl­ti­mo, al ma­ligno: él siem­pre va a in­ten­tar qui­tar­nos la se­gu­ri­dad de Dios con ilu­sio­nes, se­duc­cio­nes y fal­sos pro­fe­tas. Pues sur­gi­rán fal­sos cris­tos y fal­sos pro­fe­tas y rea­li­za­rán se­ña­les y pro­di­gios con el pro­pó­si­to de en­ga­ñar, si fue­ra po­si­ble, a los ele­gi­dos (Marcos 13, 22). Por eso… ¡Nada de adi­vi­nos, pi­to­ni­sas, ta­rot, new age, lec­tu­ra de ma­nos, su­pers­ti­cio­nes, sec­tas, etc! Tú, más bien, con­fía en Dios, por­que… ¡Él te ama!