3.23 Mensaje a los va­ci­lan­tes

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Porque los mon­tes se co­rre­rán y las co­li­nas se mo­ve­rán, mas mi amor de tu lado no se apar­ta­rá y mi alian­za de paz no se mo­ve­rá -dice Yahvé, que tie­ne com­pa­sión de ti-.
- Isaías 54, 10

Mensaje a los va­ci­lan­tes Hay mu­chas co­sas en nues­tra vida a las que le da­mos mu­cha im­por­tan­cia, pero que en reali­dad son fú­ti­les: ayer es­ta­ban ahí y hoy ya han des­a­pa­re­ci­do. Y eso due­le y hace du­dar. Hasta el pun­to que pier­des la con­fian­za en prác­ti­ca­men­te todo y to­dos, y te hace vi­vir en una in­se­gu­ri­dad cons­tan­te. Y una de las peo­res con­se­cuen­cias de esta duda es que em­pe­za­mos a re­la­ti­vi­zar­lo todo y a juz­gar las co­sas por la uti­li­dad que nos apor­tan. Sin em­bar­go, Dios no es así: Él siem­pre está ahí para ti y es ab­so­lu­to. Su amor por ti no se aca­ba nun­ca. Él es la roca fir­me e ina­mo­vi­ble de la que te pue­des fiar y con la que siem­pre pue­des con­tar. Y si Dios te ha di­cho o pro­me­ti­do algo, no lo du­des: ¡Lo cum­pli­rá! Por eso, te in­vi­to a em­plear las ar­mas de la luz, que se­lla­rán en ti esta cer­te­za y te ayu­da­rán a vi­vir en la Fe, es de­cir, con­fian­do com­ple­ta­men­te en Dios du­ran­te toda tu vida.

Utilizar es­tas ar­mas es ab­so­lu­ta­men­te ne­ce­sa­rio, por­que mu­chas ve­ces po­de­mos du­dar al ver que Dios tar­da o se re­tra­sa en el cum­pli­mien­to de sus pro­me­sas: ¡Nada más le­jos de la reali­dad! No se re­tra­sa el Señor en el cum­pli­mien­to de la pro­me­sa, como al­gu­nos lo su­po­nen, sino que usa de pa­cien­cia con vo­so­tros, no que­rien­do que al­gu­nos pe­rez­can, sino que to­dos lle­guen a la con­ver­sión (2 Pedro 3, 9). Y, cier­ta­men­te, sus pro­me­sas se cum­plen, por­que tie­ne su fe­cha la vi­sión, as­pi­ra a la meta y no de­frau­da; si se atra­sa, es­pé­ra­la, pues ven­drá cier­ta­men­te, sin re­tra­so (Habacuc 2, 3). No du­des de Dios, no seáis ter­cos como en Meribá, como el día de Masá en el de­sier­to, allí vues­tros pa­dres me pro­ba­ron, me ten­ta­ron aun­que vie­ron mis obras (Salmo 95, 8-9). Mira que ellos no en­tra­ron en la tie­rra pro­me­ti­da por su in­cre­du­li­dad. Tú, en cam­bio, con­fía en Dios. Él, a su tiem­po, te con­ce­de­rá lo que te ha pro­me­ti­do. Todos los cris­tia­nos de­ses­pe­ra­mos al­gu­nas ve­ces pero, al fi­nal, Dios cum­ple su pa­la­bra y nos re­ga­la gra­tui­ta­men­te lo que ha­bía pro­me­ti­do. Por eso, aun­que por de­bi­li­dad al­gu­nas ve­ces cues­te, ten por se­gu­ro que pue­des fiar­te de Él: Pues rec­ta es la pa­la­bra de Yahvé, su obra toda fun­da­da en la ver­dad (Salmo 33, 4). Así pues… ¡Ánimo! ¡No du­des más! Verdaderamente Dios te ama y tie­ne un pro­yec­to ma­ra­vi­llo­so para tu vida, que si tu per­mi­tes Él lle­va­rá a tér­mino.