2.2 Los pe­ca­dos di­gi­ta­les

Si de­ci­mos que no he­mos pe­ca­do, nos en­ga­ña­mos y la ver­dad no está en no­so­tros.
- 1 Juan 1, 8

Introducción Los pe­li­gros y pe­ca­dos en la era di­gi­tal es­tán, por des­gra­cia, al al­can­ce de cual­quie­ra, y eso hace a es­tas co­sas es­pe­cial­men­te pe­li­gro­sas. Por eso, a los hi­jos no de­be­ría per­mi­tír­se­les la ex­po­si­ción sin su­per­vi­sión a Internet. Los pa­dres y los hi­jos de­be­rían dis­cu­tir jun­tos lo que se ve y ex­pe­ri­men­ta en el ci­be­res­pa­cio (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales)[101], por­que no todo es bueno. De he­cho, in­ter­net es muy pa­re­ci­do a una ca­lle, don­de pue­des en­con­trar de todo: mu­chas co­sas bue­nas como tien­das de ropa y co­mi­da, si­tios de evan­ge­li­za­ción, co­mu­ni­ca­cio­nes so­cia­les, ci­nes en lí­nea, no­ti­cias, etc; pero tam­bién co­sas ma­las como tien­das ile­ga­les, ex­po­si­cio­nes in­de­cen­tes, cen­tros de apues­tas, frau­des, etc. La di­fe­ren­cia en­tre la reali­dad e in­ter­net está en que en in­ter­net ni hay po­li­cia que te vi­gi­le tan fir­me­men­te como en la vida real, ni hay una pér­di­da de hon­ra o apre­cio so­cial por acu­dir a cier­tos si­tios pues “nadie te ve”. Y esto es en­tre co­mi­llas, por­que Dios siem­pre te ve. Por eso, los pe­ca­dos co­me­ti­dos en el mun­do di­gi­tal si­guen sien­do igual de da­ñi­nos para uno mis­mo, nues­tras re­la­cio­nes, y los de­más que los que se co­me­ten en el mun­do real.

Robo, frau­de y pi­ra­te­ría En el mun­do di­gi­tal es muy fá­cil, ape­nas sin dar­se cuen­ta, acu­mu­lar una gran can­ti­dad de pe­que­ños ro­bos o frau­des que jun­tos pue­den lle­gar a ser gra­ves. ¿Cómo? Pues a tra­vés de la pi­ra­te­ría. La de­fi­ni­ción de pi­ra­te­ría in­clu­ye cual­quier pro­ce­so que con­du­ce a ge­ne­rar o con­su­mir una co­pia de un pro­duc­to au­dio­vi­sual por me­dios ile­ga­les, que son aque­llos no au­to­ri­za­dos por quie­nes po­seen los de­re­chos de esa obra: gra­ba­ción en sa­las, com­pra­ven­ta o mera dis­tri­bu­ción de co­pias ile­ga­les, des­car­ga ile­gal de in­ter­net, ex­hi­bi­ción -gratuita o no- de co­pias no au­to­ri­za­das o ile­ga­les (Conferencia Episcopal Española)[29]. Es de­cir, si algo no lo has crea­do tú no es tuyo, y usar­lo sin per­mi­so del au­tor o sin pa­gar lo que él es­ti­pu­la jus­ta­men­te es, por de­fi­ni­ción, un robo.

Así pues, la pi­ra­te­ría en el cine aten­ta con­tra los de­re­chos le­gí­ti­mos de esta in­dus­tria, di­rec­ta o in­di­rec­ta­men­te, y con­tra su le­gí­ti­ma as­pi­ra­ción al be­ne­fi­cio eco­nó­mi­co, y por tan­to in­cu­rre en un pe­ca­do con­tra el man­da­mien­to de la Ley de Dios que dice «no ro­ba­rás» (Conferencia Episcopal Española)[29]. Y lo mis­mo se pue­de de­cir de la pi­ra­te­ría de mú­si­ca, li­bros, tex­tos de las webs, imá­ge­nes, etc. Además, hoy en día es muy sen­ci­llo ac­ce­der a cual­quier pe­lí­cu­la o li­bro por un pre­cio ra­zo­na­ble, así como a toda la mú­si­ca del mun­do a tra­vés de pla­ta­for­mas de sus­crip­ción. Para uso per­so­nal es muy sen­ci­llo, pues, se pue­de pa­gar un pre­cio ra­zo­na­ble por es­tos bie­nes di­gi­ta­les para que otros -como tú- pue­dan vi­vir tam­bién de su tra­ba­jo.

Por úl­ti­mo, hay que rea­li­zar en este pun­to una men­ción muy im­por­tan­te a la «comunicación pú­bli­ca» (proyectar pe­lí­cu­las, po­ner mú­si­ca a otros en al­ta­vo­ces, in­ter­pre­tar obras de tea­tro, etc), ya que en es­tos ca­sos no sólo es­tás usan­do tú ese “bien di­gi­tal” sino que es­tás ha­cien­do par­tí­ci­pe de él a mu­chas otras per­so­nas -más allá de fa­mi­lia y ami­gos- que igual no lo han com­pra­do. Así pues, es­tos ca­sos usual­men­te re­quie­ren de so­li­ci­tar per­mi­sos o pa­gar ta­sas a «entidades de ges­tión co­lec­ti­va de de­re­chos de au­tor» (es de­cir, em­pre­sas que co­bran una tasa para que pue­das ex­po­ner li­bre­men­te lo que quie­ras, y que lue­go ha­cen lle­gar ese di­ne­ro a los di­fe­ren­tes au­to­res), y no ha­cer­lo su­po­ne -en oca­sio­nes- un frau­de. Por su­pues­to, exis­ten ex­cep­cio­nes que per­mi­ten esta «comunicación pú­bli­ca» gra­tui­ta­men­te, como el uso de un pe­que­ño frag­men­to a modo de cita, o la in­ter­pre­ta­ción de mú­si­ca du­ran­te el cul­to re­li­gio­so, en­tre otras. Al fi­nal, se tra­ta sim­ple­men­te de pa­gar por el tra­ba­jo de otras per­so­nas, igual que tú co­bras por el tuyo.

Pornografía e in­de­cen­cia En la red se pue­de en­con­trar prác­ti­ca­men­te de todo, y eso in­clu­ye -por des­gra­cia- la por­no­gra­fía y sus va­rian­tes. La por­no­gra­fía ofen­de la cas­ti­dad por­que des­na­tu­ra­li­za la fi­na­li­dad del acto se­xual. […] Introduce a unos y a otros en la ilu­sión de un mun­do fic­ti­cio. Es una fal­ta gra­ve (Catecismo 2354), pues es la pros­ti­tu­ción del co­ra­zón. Y no sólo es por­no­gra­fía un ví­deo ex­plí­ci­to, sino tam­bién cual­quier es­ce­na de una se­rie o pe­lí­cu­la que sa­que de la in­ti­mi­dad las re­la­cio­nes ín­ti­mas o cual­quie­ra de sus par­tes, aun­que sea de for­ma si­mu­la­da, di­bu­ja­da o no ex­plí­ci­ta. Lo mis­mo se pue­de de­cir de re­la­tos subidos de tono, imá­ge­nes in­de­cen­tes en per­fi­les so­cia­les, etc. Así pues, con­vie­ne no en­trar nun­ca a si­tios que ex­pon­gan imá­ge­nes ex­plí­ci­tas o si­mi­la­res, ale­jar­nos de las apli­ca­cio­nes y si­tios de li­gue, y com­pro­bar de an­te­mano la cla­si­fi­ca­ción de edad de las di­fe­ren­tes pe­lí­cu­las y se­ries que vea­mos.

Además, hay que pres­tar es­pe­cial aten­ción a los per­fi­les so­cia­les de los ado­les­cen­tes, que en al­gu­nas oca­sio­nes ro­zan la in­de­cen­cia. En mu­chos ca­sos lo ha­cen arras­tra­dos por el en­torno que lo con­si­de­ra nor­mal, o para ser apre­cia­dos por al­gu­na per­so­na de su in­te­rés; pero es im­por­tan­te com­pren­der que el ver­da­de­ro amor no mira a su cuer­po sino a su per­so­na en­te­ra, y para ve­ri­fi­car­lo hace fal­ta de la cas­ti­dad y el pu­dor. Así pues, la edu­ca­ción y for­ma­ción in­te­gral en la afec­ti­vi­dad y mo­ral ca­tó­li­ca es fun­da­men­tal. Además, por su pro­pio bien y se­gu­ri­dad, con­vie­ne po­ner lí­mi­tes y vi­gi­lar a los hi­jos en el mun­do di­gi­tal de la mis­ma for­ma que lo ha­ce­mos en su día a día. Medidas con­cre­tas para ello se­ría po­ner el or­de­na­dor en el co­me­dor a la vis­ta de to­dos, no per­mi­tir pan­ta­llas en las ha­bi­ta­cio­nes, re­tra­sar el inicio en el uso del mó­vil, ins­ta­lar fil­tros pa­ren­ta­les en los di­fe­ren­tes dis­po­si­ti­vos, etc.

Difamación en la red Una de las gran­des ven­ta­jas de in­ter­net es la fa­ci­li­dad de ob­te­ner in­for­ma­ción de cual­quier tipo y es­tar al día de to­das las no­ti­cias. Sin em­bar­go, se dan ca­sos ob­vios en los que no exis­te nin­gún de­re­cho a co­mu­ni­car, por ejem­plo el de la di­fa­ma­ción y la ca­lum­nia, el de los men­sa­jes que pre­ten­den fo­men­tar el odio y el con­flic­to en­tre las per­so­nas y los gru­pos. […] Es evi­den­te tam­bién que la li­bre ex­pre­sión de­be­ría ate­ner­se siem­pre a prin­ci­pios como la ver­dad, la hon­ra­dez y el res­pe­to a la vida pri­va­da (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales)[100]. Así pues, como ca­tó­li­cos no de­be­mos fo­men­tar o par­ti­ci­par en es­tas pla­ta­for­mas o si­tios, aun­que ten­gan apa­rien­cia de pe­rió­di­cos o re­des so­cia­les. Por ejem­plo, con­vie­ne no par­ti­ci­par en lin­cha­mien­tos a tra­vés de re­des so­cia­les, no di­fun­dir bu­los o co­sas ma­las de ter­ce­ras per­so­nas por los chats, no reír­se de tra­ge­dias o erro­res de otras per­so­nas (vídeos de caí­das o cu­tres, etc), etc.

Juego y lu­do­pa­tía El jue­go y las apues­tas nun­ca han sido bien vis­tos por la so­cie­dad, y eso ha pro­te­gi­do a mu­chas per­so­nas de caer en es­tos te­rri­bles vi­cios. Vicios que, sin duda al­gu­na, pue­den arrui­nar­te la vida. Sin em­bar­go, la tec­no­lo­gía ha fa­ci­li­ta­do mu­cho el ac­ce­so a este mun­do, ha­cien­do que ya no sea ne­ce­sa­rio des­pla­zar­se a un lo­cal para ju­gar y apos­tar. Estas apues­tas re­sul­tan mo­ral­men­te inacep­ta­bles cuan­do pri­van a la per­so­na de lo que le es ne­ce­sa­rio para aten­der a sus ne­ce­si­da­des o las de los de­más. La pa­sión del jue­go co­rre pe­li­gro de con­ver­tir­se en una gra­ve ser­vi­dum­bre (Catecismo 2413) de la que po­cos lo­gran sa­lir. Y ya no sólo ha­bla­mos de las clá­si­cas apues­tas de­por­ti­vas, jue­gos de car­tas, tra­ga­pe­rras o jue­gos de ca­si­nos (todo al al­can­ce de tu mano en el mó­vil): los jue­gos “normales” hoy en día se di­se­ñan tam­bién con es­tas di­ná­mi­cas de fon­do. Es el caso de los “diamantes”, las “monedas pre­mium”, las “vidas ex­tra”, el “oro ex­tra”, los “bonus”, las “monedas vir­tua­les” y un lar­go et­cé­te­ra de ele­men­tos pre­sen­tes en casi cual­quier jue­go vir­tual. Así pues, con­vie­ne no gas­tar­se di­ne­ro en es­tas co­sas y, si se hi­cie­ra, siem­pre de for­ma muy con­tro­la­da, li­mi­ta­da y su­per­vi­sa­da. Lo que hoy es gas­tar­se una mo­ne­da, el mes que vie­ne pue­den ser diez y en unos años un pro­ble­ma muy se­rio. ¡No pier­das toda la be­lle­za de tu vida por un vi­cio ton­to!

Ciberbullying, es­ta­fas, y otros pe­li­gros Como en cual­quier si­tio, en in­ter­net tam­bién hay per­so­nas que op­tan por ha­cer el mal, y tú o tus hi­jos po­déis ser las víc­ti­mas. Para evi­tar y reac­cio­nar rá­pi­do ante ca­sos de ci­ber­bu­ll­ying, con­vie­ne (como se ha co­men­ta­do pre­via­men­te) una es­pe­cial vi­gi­lan­cia so­bre el uso de la red de los me­no­res, a los que de­be­mos edu­car para que no ha­blen con des­co­no­ci­dos y nun­ca den in­for­ma­ción per­so­nal ni en­víen nin­gún tipo de fo­to­gra­fía por la red. También hay per­so­nas que quie­ren es­ta­far­te. Nunca pa­gues por in­ter­net si no se tra­ta de una em­pre­sa se­ria y re­co­no­ci­da, y mu­cho me­nos ha­gas caso de gu­rús del di­ne­ro fá­cil. Si una web ha­bla de re­fe­ri­dos, mul­ti­ni­vel, di­ne­ro fá­cil y rá­pi­do, éxi­to ga­ran­ti­za­do, “hágase rico”, in­gre­sos pa­si­vos, plan de com­pen­sa­ción, bo­nos, tra­ba­je des­de casa, au­to­en­vios o co­sas por el es­ti­lo… ¡Desconfía! Estos son sólo al­gu­nos ejem­plos de mu­chos otros pe­li­gros que se pue­den en­con­trar en la red. Sin em­bar­go, con una bue­na edu­ca­ción, algo de sen­ti­do co­mún, y el pre­gun­tar a per­so­nas de con­fian­za si uno no está se­gu­ro de algo, la ma­yor par­te de es­tos pe­li­gros se pue­den evi­tar.

La luz al fi­nal del tu­nel Si has caí­do en al­guno de es­tos pe­ca­dos o pro­ble­mas no de­ses­pe­res… ¡Cristo vie­ne a sal­var­te! Y le acom­pa­ña su Iglesia que, sa­bia­men­te, tie­ne mul­ti­tud de ini­cia­ti­vas para ayu­dar a las per­so­nas que por ellas mis­mas no pue­den sa­lir ade­lan­te. Así pues, no du­des en dar el pri­mer paso: ir a ha­blar con un Sacerdote san­to para que te orien­te y te ofrez­ca el Sacramento de la Reconciliación en el que Dios… ¡Te lo per­do­na todo por amor a ti! Además, la red tam­bién tie­ne mu­chas co­sas úti­les y bue­nas, en­tre las que cabe des­ta­car una gran mul­ti­tud de ini­cia­ti­vas ca­tó­li­cas como ca­na­les de te­le­vi­sión (EUKMamie, TeleCatólica, etc), de ra­dio (Radio María, etc), pro­gra­mas in­fan­ti­les (Valivan, etc), pe­rió­di­cos (InfoCatólica, Religión en Libertad, etc), tien­das (Blessings, The Fishermen, Creo, etc), re­vis­tas (Misión, Buena Nueva, etc), y mu­chí­si­mas otras co­sas. Por eso, tam­bién en in­ter­net… ¡No du­des en lla­mar a las puer­tas bue­nas!

Práctica Tengamos en cuen­ta que, du­ran­te el acto de con­tri­ción pre­vio a la con­fe­sión, se de­ben te­ner pre­sen­te los pe­ca­dos in­for­má­ti­cos, y te­ner un co­ra­zón con­tri­to por ha­ber pe­ca­do. Así pues con­vie­ne rea­li­zar la Lectio Divina de los si­guien­tes pa­sa­jes, en­tre los que he­mos in­clui­do al­gu­nos para com­pren­der me­jor la san­ti­dad de la se­xua­li­dad y el ma­tri­mo­nio.

Lectio Divina de Romanos 13, 1-4
Lectio Divina de Éxodo 20, 1-17
Lectio Divina de Santiago 1, 12-16
Lectio Divina de 1 Corintios 7, 1-6
Lectio Divina de Efésios 5, 21-33

Finalmente con­vie­ne pa­sar de la teo­ría a la prác­ti­ca, rea­li­zan­do una bue­na con­fe­sión y to­man­do me­di­das ac­ti­vas para cam­biar nues­tros ma­los há­bi­tos.

Reflexionar so­bre los pe­ca­dos in­for­má­ti­cos que crees es­tar co­me­tien­do
Querer y has­ta desear aban­do­nar to­dos es­tos pe­ca­dos
Confesarse con un Sacerdote y cum­plir la Penitencia
Elaborar una plan para el buen uso de in­ter­net y su con­trol en con­te­ni­dos y tiem­po de­di­ca­do al mis­mo
Visitar las ini­cia­ti­vas ca­tó­li­cas de in­ter­net

Autoría La au­to­ría ori­gi­nal de este ar­tícu­lo per­te­ne­ce a Daniel (España), a ex­cep­ción de la par­te prác­ti­ca que es de Anónima (Colombia), con co­rrec­cio­nes de es­ti­lo rea­li­za­das por «Curso Católico».