6.2 Creo en Jesucristo

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Creo en Jesucristo, su úni­co Hijo, Nuestro Señor, que fue con­ce­bi­do por obra y gra­cia del Espíritu Santo, na­ció de Santa María Virgen.
- Artículos 2-3, Símbolo Apostólico

Creo en Jesucristo, su úni­co Hijo Decir creo en Jesucristo im­pli­ca dar­se cuen­ta de una cosa muy im­por­tan­te: Nadie es bueno sino sólo Dios (Marcos 10, 18b). Significa te­ner cla­ro que, sin Jesús, el un­gi­do, el cris­to, no pue­des ha­cer obras de vida eter­na, por­que tú no eres bueno. Y por eso no de­ci­mos creo en mi mis­mo, o creo que con es­fuer­zo pue­do cum­plir la ley de Dios, o creo en cum­plir los man­da­mien­tos para sal­var­me. Y ac­tuar de esa for­ma, como ha­ce­mos mu­chas ve­ces, es en­fo­car de for­ma in­com­ple­ta el ser cris­tiano. La Fe en Jesús es una fe per­so­nal que acep­ta a una per­so­na con­cre­ta lla­ma­da Jesús, no a una doc­tri­na, ni a una fi­lo­so­fía, ni a una mo­ral, ni a un es­ti­lo de vida, pues la obra de Dios es que creáis en quien él ha en­via­do (Juan 6, 29b). Lo de­más vie­ne lue­go como con­se­cuen­cia di­rec­ta, si no­so­tros res­pon­de­mos con amor al Amor. Y por eso, al­gu­nos san­tos afir­man sin pro­ble­ma que toda la vida cris­tia­na se re­su­me en: Ama y haz lo que quie­ras (San Agustín)[81], pues quien no ama no ha co­no­ci­do a Dios, por­que Dios es Amor (1 Juan 4, 8). ¡Pues Dios nos ha ama­do tan­to que se ha he­cho dé­bil como no­so­tros! ¡Se ha en­car­na­do en un po­bre niño lla­ma­do Jesús!

Creer en Cristo como Hijo de Dios es creer en él como Dios. Es creer en uno de los mis­te­rios más gran­des de la Fe cris­tia­na: un Dios que es uno y a la vez trino, pues esta cons­ti­tui­do por tres per­so­nas. El mis­te­rio de la Santísima Trinidad es el mis­te­rio cen­tral de la fe y de la vida cris­tia­na. Sólo Dios pue­de dár­nos­lo a co­no­cer re­ve­lán­do­se como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Encarnación del Hijo de Dios re­ve­la que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es “de la mis­ma na­tu­ra­le­za que el Padre”, es de­cir, que es en Él y con Él el mis­mo y úni­co Dios. La mi­sión del Espíritu Santo, en­via­do por el Padre en nom­bre del Hijo y por el Hijo “de jun­to al Padre”, re­ve­la que él es con ellos el mis­mo Dios úni­co. “Con el Padre y el Hijo re­ci­be una mis­ma ado­ra­ción y glo­ria” (Catecismo 261-263). Pero esto… ¿Me afec­ta en algo más allá de una sim­ple cu­rio­si­dad? ¡Claro que sí! Dios ha que­ri­do, de al­gu­na for­ma, par­ti­ci­par de tu na­tu­ra­le­za hu­ma­na a tra­vés de Jesús; y ha­cer­te par­ti­ci­par a ti de la na­tu­ra­le­za di­vi­na a tra­vés del Espíritu, que te lla­ma a ser hijo adop­ti­vo de Dios. ¡Tienes en­tre ma­nos el re­ga­lo más gran­de!

Nuestro Señor Que Jesucristo sea Dios y que Él vo­lun­ta­ria­men­te de­ci­die­ra en­car­nar­se en un hom­bre nos es­can­da­li­za mu­cho. O lo ha­ría si com­pren­dié­ra­mos real­men­te qué sig­ni­fi­ca. Pues no­so­tros vi­vi­mos en todo re­pi­tien­do el pri­mer pe­ca­do de Adán: bus­can­do ser los dio­ses y se­ño­res de nues­tra vida. De una for­ma u otra, más auto-jus­ti­fi­ca­da o me­nos: tra­ta­mos de di­ri­gir nues­tra vida se­gún nues­tros pro­pios cri­te­rios y for­zán­do­los, aun ama­ble­men­te, en los de­más. Siempre bus­ca­mos en la vida ser más y me­jo­res. Un me­jor tra­ba­jo, un me­jor suel­do, un ma­yor pres­ti­gio, más bie­nes, que me ten­gan en me­jor es­ti­ma, que me ha­gan caso, que me re­co­noz­can to­dos mis es­fuer­zos, que me sa­lu­den… Pero no so­mos ca­pa­ces de, como hizo Jesucristo, car­gar en si­len­cio con el pe­ca­do de los que aten­ta­ban con­tra su vida. Pero si Él, nues­tro Señor, así lo hizo… ¿Quiénes so­mos no­so­tros para exi­gir siem­pre jus­ti­cia y ra­zón, de­ci­dien­do lo que está bien y lo que está mal?

La Iglesia re­co­mien­da que si al­guien te fas­ti­dia con fre­cuen­cia e in­ten­cio­na­da­men­te te mor­ti­fi­ca a me­nu­do con y con ul­tra­jes, no te en­fa­des (León XIII)[90]. Sin em­bar­go, ante una in­jus­ti­cia o un des­pre­cio res­pon­de­mos con ira, en­fa­do o el de­seo de ha­cer jus­ti­cia. Pero esa no es la ac­ti­tud de Cristo. Cristo, nues­tro Señor, es el Siervo de Yahvé. Y no­so­tros so­mos sier­vos de Cristo, si es que real­men­te Él es nues­tro Señor. Someteos, pues, a Dios; re­sis­tid al dia­blo y él hui­rá de vo­so­tros. Acercaos a Dios y él se acer­ca­rá a vo­so­tros. Limpiad, pe­ca­do­res, las ma­nos; pu­ri­fi­cad los co­ra­zo­nes, hom­bres irre­so­lu­tos. Lamentad vues­tra mi­se­ria, en­tris­te­ceos y llo­rad. Que vues­tra risa se cam­bie en llan­to y vues­tra ale­gría en tris­te­za. Humillaos ante el Señor y él os en­sal­za­rá. No ha­bléis mal unos de otros, her­ma­nos. El que ha­bla mal de un her­mano o juz­ga a su her­mano, ha­bla mal de la Ley y juz­ga a la Ley; y si juz­gas a la Ley, ya no eres un cum­pli­dor de la Ley, sino un juez. Uno sólo es el le­gis­la­dor y juez, el que pue­de sal­var o per­der. En cam­bio tú, ¿quién eres para juz­gar al pró­ji­mo? (Santiago 4, 7-12).

Que fue con­ce­bi­do por obra y gra­cia del Espíritu Santo Jesucristo se en­car­nó y se hizo hom­bre. Creció como un re­to­ño de­lan­te de él, como raíz de tie­rra ári­da. No te­nía apa­rien­cia ni pre­sen­cia; (le vi­mos) y no te­nía as­pec­to que pu­dié­se­mos es­ti­mar. Despreciado, mar­gi­na­do, hom­bre do­lien­te y en­fer­mi­zo, como de ta­par­se el ros­tro por no ver­le. Despreciable, un Don Nadie. ¡Y con todo eran nues­tras do­len­cias las que él lle­va­ba y nues­tros do­lo­res los que so­por­ta­ba! Nosotros le tu­vi­mos por azo­ta­do, he­ri­do de Dios y hu­mi­lla­do. Él ha sido he­ri­do por nues­tras re­bel­días, mo­li­do por nues­tras cul­pas. Él so­por­tó el cas­ti­go que nos trae la paz, y con sus car­de­na­les he­mos sido cu­ra­dos. Todos no­so­tros como ove­jas erra­mos, cada uno mar­chó por su ca­mino, y Yahveh des­car­gó so­bre él la cul­pa de to­dos no­so­tros. Fue opri­mi­do, y él se hu­mi­lló y no abrió la boca. Como un cor­de­ro al de­güe­llo era lle­va­do, y como ove­ja que ante los que la tras­qui­lan está muda, tam­po­co él abrió la boca. Tras arres­to y jui­cio fue arre­ba­ta­do, y de sus con­tem­po­rá­neos, ¿quién se preo­cu­pa? Fue arran­ca­do de la tie­rra de los vi­vos; por las re­bel­días de su pue­blo ha sido he­ri­do; y se puso su se­pul­tu­ra en­tre los mal­va­dos y con los ri­cos su tum­ba, por más que no hizo atro­pe­llo ni hubo en­ga­ño en su boca (Isaías 53, 2-9).

Este pa­sa­je que es­cri­bió el pro­fe­ta Isaías fue más tar­de la vida de Jesucristo, que em­pe­zó al ser con­ce­bi­do en María por obra y gra­cia del Espíritu Santo. Efectivamente, Jesús na­ció hu­mil­de, fue exi­lia­do, tra­ba­jó, fue ten­ta­do, ex­pe­ri­men­tó la pér­di­da, la so­le­dad, llo­ró, fue per­se­gui­do, mur­mu­ra­ron de él, fue trai­cio­na­do, aban­do­na­do, tor­tu­ra­do y ase­si­na­do… ¡Y todo eso lo so­por­tó dó­cil­men­te por amor a ti! Todo eso lo ha he­cho para ha­cer­nos sus her­mano… ¡Hijos de Dios! Pues Él se ha he­cho nues­tro se­me­jan­te, com­par­tien­do nues­tra na­tu­ra­le­za de car­ne y hue­so. Y todo eso lo ha he­cho para sal­var­nos, pues al ven­cer la muer­te como hom­bre nos per­mi­te a no­so­tros, que sólo so­mos hom­bres, ven­cer­la con Él. ¡Y lo ha he­cho tam­bién para que to­das nues­tras cul­pas, sean gra­ves o le­ves, que­den ex­pia­das! ¿Cuándo has he­cho tú algo pa­re­ci­do? ¿Alguien lo ha he­cho por ti? Ni tu no­vio o no­via, ni tu mu­jer o ma­ri­do, ni tus pa­dres, ni tus hi­jos, ni tus ami­gos. ¡Nadie te ama así cuan­do eres cul­pa­ble! Pues Dios sí, por­que tan­to amó Dios al mun­do que dio a su Hijo uni­gé­ni­to (Juan 3, 16a).

Nació de Santa María Virgen Para que todo el plan de Salvación uni­ver­sal se hi­cie­se reali­dad, Dios qui­so ne­ce­si­tar de la li­ber­tad de María. Y lo mis­mo pasa con el plan de Salvación per­so­nal que Él ha pen­sa­do para ti, pues Dios quie­re que li­bre­men­te le di­gas há­ga­se, es de­cir, que li­bre­men­te le eli­jas. Y el res­to es cosa suya, por­que sólo Dios sal­va. Efectivamente, Dios eli­ge na­cer de una vir­gen, sin in­ter­ven­ción de nin­gún hom­bre, por­que suya es siem­pre la ini­cia­ti­va. El «fiat» de María es im­pre­sio­nan­te, pues re­ga­ló su vida en­te­ra a Dios pese a lo im­po­si­ble que pa­re­cía el asun­to, y pese a que si se cum­plía se ju­ga­ba la vida, pues po­dría ser con­de­na­da a muer­te por adul­te­ra. Decir «hágase» al án­gel sig­ni­fi­ca­ba creer que Dios po­día ha­cer lo im­po­si­ble, y que lo que le pro­po­nía era, sin duda, lo me­jor para ella. Ten en cuen­ta que lo que le pe­día el án­gel era en­tre­gar toda su vida a Dios, pues si acep­ta­ba iba a ser ma­dre el res­to de su vida. ¡Y ella cre­yó y acep­tó! Por eso, más fe­liz fue María por aco­ger la fe en Cristo que por con­ce­bir la car­ne de Cristo (San Agustín)[80].

Y dijo María: «Alaba mi alma la gran­de­za del Señor y mi es­pí­ri­tu se ale­gra en Dios mi sal­va­dor por­que ha pues­to los ojos en la pe­que­ñez de su es­cla­va, por eso des­de aho­ra to­das las ge­ne­ra­cio­nes me lla­ma­rán bie­na­ven­tu­ra­da, por­que ha he­cho en mi fa­vor co­sas gran­des el Poderoso, Santo es su nom­bre y su mi­se­ri­cor­dia al­can­za de ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción a los que le te­men» (Lucas 1, 46-50). Recordemos, por otro lado, que tam­bién te­ne­mos a Eva que des­obe­de­ció a Dios y a Sara que dudó de su Palabra. Y tú… ¿Decides fiar­te como María, du­das como Sara o des­obe­de­ces como Eva? De esto de­pen­de que se pue­da en­car­nar en ti Cristo, en­gen­dran­do en ti un hom­bre nue­vo. Observa que el «hágase» de María le va­lió el ser con­ce­bi­da sin pe­ca­do ori­gi­nal, el ser vir­gen per­pe­tua, el ser ma­dre de Dios y, fi­nal­men­te, el ser asun­ta al cie­lo. Y gra­cias a Jesucristo al pie de la Cruz… ¡María tam­bién es Madre nues­tra y de la Iglesia! ¡Acude a tu ma­dre!

Práctica ¿Y no­so­tros? ¿Vivimos cre­yen­do que Jesucristo es nues­tro Señor, y no el di­ne­ro, el afec­to o nues­tros cri­te­rios de cómo se ha­cen las co­sas? ¿Tenemos al­gún dios o pro­yec­to al que le pi­da­mos la fe­li­ci­dad? ¿Conocemos per­so­nal­men­te a Cristo? ¿Hemos vis­to la muer­te ven­ci­da en nues­tra vida por Cristo, per­mi­tién­do­nos amar in­clu­so al enemi­go? ¿Creemos fir­me­men­te que la ac­ti­tud del Siervo de Jesús es la Verdad, o exi­gi­mos jus­ti­cia fren­te a la in­jus­ti­cia? ¿Elegimos siem­pre y sin ex­cu­sas a Dios y su plan so­bre no­so­tros, tal y como hizo María? Si ves que no vi­ves así pero lo deseas, en­co­mién­da­te tam­bién a tu ma­dre María, para que le pida a Dios la Fe que ne­ce­si­tas. Y no ol­vi­des nun­ca que… ¡Dios te ama y quie­re tu bien!

Reflexionar en ora­ción en base a es­tas pre­gun­tas
Leer la ex­pli­ca­ción del li­bro de Santo Tomás de Aquino

Recordemos una vez más que el Credo nace de la Tradición de la Iglesia Católica, que fue plas­ma­da par­cial­men­te du­ran­te los pri­me­ros si­glos en las Escrituras. Por eso, con­vie­ne ha­cer la Lectio Divina de los si­guien­tes pa­sa­jes, don­de Dios mis­mo nos va a ha­blar so­bre la im­por­tan­cia de creer en su Hijo:

Lectio Divina de Lucas 1, 26-38
Lectio Divina de Lucas 1, 39-56
Lectio Divina de Juan 6, 26-40
Lectio Divina de Filipenses 2, 3-11
Lectio Divina de Hebreos 2, 10-18