6.4 – En el Espíritu y la Iglesia

Curso Católico » 6 – Profesión de Fe » 6.4 – En el Espíritu y la Iglesia

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén. (Artículos 8-12, Símbolo Apostólico).

Creo en el Espíritu Santo
Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria (Credo Niceno). Creemos también que el Espíritu asiste a la Iglesia en la profundización de todos los misterios de la Fe, como dijo Jesús: pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14, 26). Además, el Espíritu Santo habita en nosotros por el Bautismo, es siempre veraz, y es nuestro defensor, abogado, consolador, consejero, mediador, santificador, etc. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 Corintios 6, 19). Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno). ¿Cómo no dar gracias por todo esto? ¡Qué amor tan grande nos tiene Dios!

Sin embargo, “todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada” (Mc 3, 29; cf Mt 12, 32; Lc 12, 10). No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (cf DeV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna (Catecismo 1864). ¿Cómo puede llegar a pasar esto? Pues creyendo que no tenemos salvación alguna posible, creyendo que hagamos lo que hagamos nos podremos salvar (incluso pecando), negando las verdades de la Iglesia Católica persistiendo en el error de nuestra razón, envidiando la gracia que Dios ha dado a otro hasta el punto de rebelarnos contra Dios, obstinándonos en el pecado que nos gusta una y otra vez pues ya “mañana lo dejaremos”, y rechazando la confesión incluso en la hora final. Por eso, si ves que estás cerca de alguna de estas cosas… ¡Hay una buena noticia! ¡Hoy puedes cambiar! Hazlo ya mismo, poniendo todos los medios y pidiendo toda la ayuda que puedas, pues tu Vida Eterna lo merece. Y Dios, que tanto te ama, también. En definitiva… ¡Vive siempre con la firme intención real y práctica de cambiar de vida y abandonar el pecado!

La santa Iglesia católica
Hemos hablado anteriormente sobre la Iglesia y todo lo que es para nosotros. Pero ahora conviene sobre todo hacer referencia a su función de maestra y guardiana de la verdad revelada. Efectivamente, la Iglesia, que es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15), guarda fielmente “la fe transmitida a los santos de una vez para siempre” (cf. Judas 3). Ella es la que guarda la memoria de las palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los apóstoles (Catecismo 171). Eso significa que los dogmas de la Iglesia son infalibles, y que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables. De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema (Pio IX).

Por lo tanto, si crees que alguno de los dogmas o enseñanzas infalibles (no todas lo son) de la Iglesia católica es erróneo, eres tú quien está en un error. Los dogmas no van a cambian nunca por el simple hecho de que tampoco cambian el bien y el mal o la verdad de las cosas. Así pues, un dogma infalible nunca puede cambiar en la Iglesia, y si alguien lo intenta cae en una herejía. Por ejemplo, aunque pastoralmente se emplee ahora de mucha misericordia siguiendo las enseñanzas ordinarias del Papa, nunca cambiará el hecho de que todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido, comete adulterio (Lucas 16, 18). Y por eso, las únicas “parejas que se separan” en Iglesia católica válidamente son las nulas, es decir, las personas que aún viviendo como una pareja, por algún motivo de peso, nunca han estado unidas ante Dios. En definitiva: creer en la Iglesia es creer en lo que ella enseña y obedecerla. Y no nos referimos a lo que personalidades individuales de ella puedan llegar a decir, pues como cualquier otra persona también pueden llegar a equivocarse gravemente, aunque sean el mismísimo Santo Padre, y en tal caso no se les debe obediencia. Nos referimos a lo enseña el magisterio bimilenario, las Sagradas Escrituras correctamente interpretadas, y los dogmas de la Iglesia Católica. Aún así, en general, las enseñanzas infalibles y la enseñanza ordinaria deberían ir de la mano, y por tanto, la obediencia debería ser ordinaria.

La comunión de los santos
En primer lugar, la comunión de los creyentes es algo que se presuponía en los orígenes del Cristianismo, como atestiguan las Escrituras diciendo: La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos (Hechos 4, 32). Y esa comunión no sólo lo era en la Fe que profesaban y en los Sacramentos, sino también en los carismas, los bienes materiales y la caridad mutua. Efectivamente, si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que habían preparado para sí se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamado a la dicha (Aristides). Por otro lado, también creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones (Pablo VI). Así pues, nuestras oraciones ayudan a la Iglesia purgante, mientras que la intercesión de la Iglesia celeste nos ayuda a nosotros. ¡Y todos juntos alabamos al tres veces Santo!

El perdón de los pecados
Es importante tener siempre presente que los cristianos creemos en el perdón de los pecados, y por tanto en el pecado en sí. Efectivamente, terrible es el pecado, gravísima enfermedad del alma la culpa, pero no incurable (San Cirilo de Jerusalén). Y por eso, nunca nos cansaremos de decir… ¡Acude al sacramento de la reconciliación! ¡No tengas miedo! Y que Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz (Formula de la Absolución). Por otro lado, llamar a conversión es utilísimo a los hombres. Pues nadie hay sin pecado (San Basilio). ¡Pero Dios nos ama y por eso nos lo perdona todo! ¡Gratuitamente! Pues nadie tiene “derecho” al perdón, sino que es un don que se recibe por amor. Y la respuesta natural a este don es, por un lado, el agradecimiento y la alabanza a Dios, y por otro lado, el regalar este don a todos los que te han ofendido. ¡Pues quien se siente perdonado, perdona! Así pues, recuerda siempre… ¡Dios te ama, y perdona lo que nadie, ni tu mismo, te perdonas!

La resurrección de la carne y la vida eterna
Dios nos ha creado para la Vida Eterna, ya que no fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes (Sabiduría 1, 13). Sin embargo, por el pecado original fuimos expulsados del paraíso y reinó la muerte en nosotros. Pero gracias a Jesucristo la Vida a vencido sobre la muerte. Así pues, ahora tienes una decisión que tomar: ¿Quieres la vida o quieres la muerte? Ya sabes cuales son los dos caminos y a qué te lleva cada uno. Además, creemos que resucitaremos en alma y cuerpo. Efectivamente, la resurrección de la carne constituye la segura esperanza de los cristianos. ¡Somos tales por esta fe! (Tertuliano). Así pues, si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron (1 Corintios 15, 19-20). Por eso, es fundamental en todo cristiano, en ti y en mí, vivir teniendo siempre presente esta realidad, pues no hay bien mayor que puedas recibir que la vida eterna en el cielo. Por eso morir cuando Dios quiera, pues todos tenemos una misión en la tierra, es con mucho lo mejor (Filipenses 1, 23b). Y así lo consideraban los primeros cristianos, que llamaban al día de la muerte el Dies Natalis, es decir, el día del nacimiento a la vida verdadera. Pero no olvidemos, por el contrario, que no hay mal mayor que la vida eterna separado de Dios en el infierno. ¡Vive pues, consecuente con lo que quieras alcanzar!

Práctica
El Amén final expresa la firmeza de la Fe y la seguridad de la esperanza, basadas en el amor de Dios (Emiliano Jiménez). Y nosotros… ¿Tenemos esta firmeza en la vida? ¿Vivimos dejando habitar en nosotros el Espíritu? ¿Creemos firmemente en la Iglesia como madre y maestra infalible? ¿La obedecemos? ¿Hay hermanos en la fe pobres mientras nosotros vivimos bien? ¿Hacemos algo material por ellos? ¿Rezamos por vivos y muertos? ¿Nos vemos pecadores? ¿Acudimos físicamente a la confesión Sacramental cuando pecamos gravemente? ¿Vivimos en la esperanza de la Vida Eterna? ¿Se nota realmente, o tenemos miedo a la muerte propia y desesperación en la muerte de seres queridos? ¿Vivimos consecuentes por el camino de la Vida?


Además, también en este caso conviene comprobar que la Fe de los primeros apóstoles que nos ha llegado por transmisión oral coincide plenamente con el testimonio que ellos mismos escribieron. Para ello, haremos la Lectio Divina de los siguientes pasajes de las Escrituras, donde se nos habla un poco de todos estos misterios de la Fe.





« AnteriorSiguiente »