6.3 – Que murió y resucitó

Curso Católico » 6 – Profesión de Fe » 6.3 – Que murió y resucitó

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos (Artículos 4-7, Símbolo Apostólico).

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato
Toda la vida de Jesús es una Palabra de Dios para nosotros. Él vivió toda su vida por y para nosotros. De hecho, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz). Además, su vida fue preparada de antemano por los profetas y anunciada a sus contemporáneos por Juan el Bautista. De ella cabe destacar en primer lugar sus humildes comienzos, en un pequeño pueblo llamado Belén, marcados por la persecución de los poderosos que veían en su venida una amenaza a su poder. Tras eso, unos 30 años de vida en el anonimato, el trabajo diario, la monotonía y cotidianidad de vida de la época, y sin destacar ni buscar ningún tipo de grandeza. Todo un ejemplo de humildad de un Dios que, hecho hombre, no busca grandezas ni gloria sino el bien de su pueblo. Un ejemplo que generalmente nosotros no seguimos, pues en todos nuestros círculos siempre buscamos ser, y nos molesta profundamente ver nuestra mediocridad y que nos ignoren o no nos tengan en cuenta.

La vida pública de Jesús empieza en el bautismo, al igual que la obra de Dios con nosotros como hijos suyos. En el bautismo recibimos el don del Espíritu Santo, que Dios Padre e Hijo nos envían. El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo (Catecismo 1277). A continuación Cristo se enfrenta a las mismas tentaciones en el desierto (Mateo 4, 1-11) que las que tenemos todos nosotros: poner la seguridad de nuestra vida en las cosas materiales, decirle a Dios que hace mal sus planes de amor sobre nuestra historia creyendo que nosotros lo haríamos mejor, y poner en lugar de Dios a otros (afecto, poder, prestigio, salud, etc). Frente a estas pruebas Jesús da una respuesta clara, pues dícele entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto.» (Mateo 4, 10). A partir de ahi dedicó su vida al anuncio del Reino de Dios, confirmando sus palabras con milagros y signos dedicados a los sufrientes de su pueblo, entregó las llaves del Reino a Pedro, es decir, a su Iglesia, y nos mandó a todos a predicar la buena noticia de la Salvación. Y finalmente, nos regaló su Salvación cumpliendo las profecías del Siervo de Yahvé, que hemos visto al hablar de su encarnación. Y lo ha hecho todo… ¡Por puro amor a ti!

Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos
Dios ha muerto; nosotros le hemos matado (Friedrich Nietzsche). Y esto es, en primer lugar, un hecho histórico: Jesucristo experimentó la muerte abandonado en manos del Padre como un infierno total y en soledad absoluta, sufriendo una de las torturas más crueles que el ser humano ha inventado. Él experimentó la frustración del sin sentido y de la injusticia, degustando el amargo silencio del Padre en la hora de la muerte diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos! (Salmo 22, 2). Su grito no se dirige a la vida y a la supervivencia, no se dirige a sí mismo, sino al Padre. Un Padre que, a diferencia de todos los demás, no lo abandonó. Por otro lado, y en segundo lugar, es un hecho personal, ya que nosotros somos, como mínimo, cómplices de este asesinato cuando en nuestra vida rechazamos a Dios y lo abandonamos.

Además, Dios bajo al infierno, a tu infierno, por amor a ti y experimentó lo mismo que tú. Por eso, ya no has de tener miedo si ves que la vida te lleva a sufrir y morir, pues en el infierno te espera Dios mismo para sacarte de él. Por eso, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, los cristianos conservan la fe cuando, al parecer, la fe ya no tiene sentido: cuando la realidad anuncia la ausencia de Dios, de la que habla la turba que se mofa de Él en la cruz. Pero gracias a este sacrificio de Cristo, el infierno y la muerte no son lo mismo que antes, porque la vida y el amor moran en ellos. La muerte ya no te conduce a la soledad y las puertas del infierno están abiertas para ti, pues con Cristo se abren las tumbas y los muertos salen del sepulcro. Tu sales del sepulcro. Por eso se dice: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (Efesios 5, 14). Así pues, la muerte sólo existe para quien experimenta la «segunda muerte» (Apocalipsis 20, 14), es decir, para quien con el pecado se encierra voluntariamente en sí mismo rechazando a Dios y su Salvación. Así pues, no lo olvides… ¡Dios está contigo en tu vida, en tu infierno! ¡Vive con Él pues es tu vida!

Al tercer día resucitó de entre los muertos, y subió a los cielos
A éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio (Hechos 2, 23-24). Efectivamente, el Padre en quien Jesús confiaba no le defraudó y lo resucitó de entre los muertos. Al igual que Dios te resucita a ti. Dios confiere la vida a quien ha vivido la propia vida gastándola por los demás, y por eso se dice: «¡Alégrate, Jerusalén, y reuníos todos los que amáis» (Isaías 66, 10) en Jesús, porque ha resucitado! ¡Alegraos todos los que antes llorasteis! ¡Dios tiene la vida que te falta! Y Jesucristo no resucitó para volver a morir, como Lázaro, sino que resucitó a la vida eterna. Esto es un hecho histórico. Los discípulos no podían inventarse una historia en la que ellos son profundamente humillados por abandonar al maestro, y luego dar la vida por esa historia que los tacha de pecadores. ¡Y sí! ¡Todos los discípulos de Cristo desprecian la muerte y marchan hacia ella sin temerla, pisándola como a un muerto gracias al signo de la cruz y a la fe en Cristo! (San Atanasio). Además, un muerto no puede hacer nada; solamente los vivos actúan (San Atanasio). ¡Y Cristo vive, pues actúa en tu vida! Por eso, tu pecado y tu muerte han sido destruidos para siempre. Y todos los pecadores, perdonados.

Esta gracia se da a cada persona en un momento diferente de su vida, y por eso Cristo resucitó al tercer día y no enseguida. Pues en ocasiones, y para nuestro bien aunque nos cueste comprenderlo, las cosas requieren un tiempo. Por eso, dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y en su presencia viviremos (Oseas 6, 2). Sin embargo, ya hemos visto que en ese tiempo Dios también nos acompaña, pues descendió a los infiernos. Así pues, no lo dudes: Jesucristo es la roca donde hay que apoyarse para que nuestra inseguridad desaparezca. Y mirad, quien niega la resurrección anula nuestra predicación y nuestra fe (Teodoro). Pues nuestra misión es evangelizar, es decir, dar a conocer esta buena noticia, incluso con el testimonio máximo: el martirio. Pues… ¿De qué tienes miedo si efectivamente crees que la muerte está vencida? Esto es lo que celebramos, de forma especial en la Vigilia Pascual, pero también en cada Eucaristía. ¿Qué tienes más importante que hacer que celebrar y recibir la Vida? ¿Y qué más que vivirla? Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios (Colosenses 3, 1-3).

Y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso
Y Jesucristo no sólo resucitó, sino que también ascendió… ¡Y nos lleva a nosotros con Él! La Ascensión de Cristo, por lo demás, constituye nuestra elevación, abrigando el cuerpo la esperanza de estar un día donde le ha precedido su Cabeza gloriosa (San León Magno). Porque Dios quiere que tú seas feliz con Él en su Reino. Y si Él te salva, y tú quieres ser salvo, ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? (Romanos 8, 34). Efectivamente, Él en su reino, no se olvida de nosotros ni un instante, sino que desde allí intercede y cuida de todos nosotros. ¡No lo dudes! Dios tiene siempre un ojo puesto en ti. Y «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» (Apocalipsis 5, 12b). ¡A Él la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! ¡Por todo el Amor que nos ha dado!

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos
Por último, creemos que Jesucristo hará justicia. Porque Dios es bueno, y por lo tanto también justo. Por eso, Él hará un juicio justo entre todas las criaturas. Enviará al fuego eterno a los espíritus malvados, mientras que a los justos y santos, que perseveraron en su amor, les dará la incorrupción y les otorgará una gloria eterna (San Ireneo). Pero… ¿Cómo será eso? Con un juicio personal tras la muerte, tal y como lo explicamos en los novísimos. Así que recuerda: no peques, y si pecas confiésate y cambia de vida. O bien ama y haz lo que quieras (San Agustín). ¡Pues ningún otro acusador tendrás ante ti aquel día, fuera de tus mismas acciones! (San Basilio). Pero Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (San Juan Pablo II). Por eso, toma en peso tu proceder en esta vida sin olvidar que si rechazas la salvación que Cristo te ofrece en esta vida, no queda otra salvación para ti. Pero mientras vivas, pase lo que pase, volver a Él siempre es una opción. ¡Pues suyo eres y Él te ama!

Práctica
Muchas veces queremos los milagros de Dios, en vez de a Dios mismo. Queremos que todo nos vaya bien, que “nos resucite” ya. Queremos llegar al cielo, pero sin pasar por la pasión y muerte. Pero Dios ha puesto sabiamente y para tu bien sus tiempos. En realidad, muchas veces nos pasa como a los seguidores de Jesús, a los que Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado (Juan 6, 26). Por eso, conviene hacerse una pregunta fundamental… ¿Cuál es mi cruz, y que actitud tengo frente a ella? Y conviene reflexionar sobre nuestra forma de vivir esta vida. ¡Ánimo!


Ya que toda palabra de Dios está garantizada, vamos a vislumbrar un poco esta parte del Credo Apostólico en las Escrituras, haciendo la Lectio Divina de los siguientes pasajes donde Dios mismo nos va a recordar la importancia de vivir siempre con la mirada puesta en el cielo:






« AnteriorSiguiente »