2.9 El pa­sa­do no fue me­jor

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No di­gas: ¿Cómo es po­si­ble que el pa­sa­do sea me­jor que el pre­sen­te? Pues no es de sa­bios pre­gun­tar so­bre ello.
- Eclesiastés 7, 10

El pa­sa­do no fue me­jor Muchas ve­ces se dice que el tiem­po pa­sa­do fue me­jor. Muchas ve­ces re­cor­da­mos nues­tro pa­sa­do, nues­tra ni­ñez, ado­les­cen­cia o al­gún otro pe­rio­do de nues­tra vida y cree­mos que fue me­jor que el que vi­vi­mos aho­ra, pero esto no es cier­to. En reali­dad juz­gas que esos tiem­pos pa­sa­dos son bue­nos, por­que no son los tu­yos (San Agustín)[3], es de­cir, por­que no son los que tie­nes que vi­vir aho­ra y los que te pro­du­cen su­fri­mien­to aho­ra. Pero en­tre­mos en de­ta­lles.

Muchos psi­có­lo­gos afir­man que los bue­nos re­cuer­dos du­ran más tiem­po en nues­tra me­mo­ria, a ex­cep­ción de los trau­mas, por lo que si mi­ras al pa­sa­do ve­rás mu­chas más co­sas bue­nas que ma­las. No es que en el pa­sa­do todo haya sido bueno, es que sólo te acuer­das de lo bueno. Y cuan­to más re­tro­ce­des en el tiem­po, ma­yor es este efec­to. Por eso tie­nes esa sen­sa­ción de que el pa­sa­do es me­jor que el pre­sen­te. Pero la reali­dad es di­fe­ren­te: hay mo­men­tos ma­los y bue­nos y, nor­mal­men­te, no vie­nen so­los. Siempre es así. Y cla­ro está, cuan­do más cre­ces ma­yo­res son los pro­ble­mas a los que te en­fren­tas, pero ma­yo­res son tam­bién las ale­grías que re­ci­bes.

Dice la Escritura: No di­gas: ¿Cómo es po­si­ble que el pa­sa­do sea me­jor que el pre­sen­te? Pues no es de sa­bios pre­gun­tar so­bre ello (Eclesiastés 7, 10). No es de sa­bios pre­gun­tar­lo por­que el pre­sen­te es lo úni­co que tie­nes para vi­vir. El pa­sa­do ha pa­sa­do, y no se pue­de cam­biar. Lo úni­co que pue­des ha­cer es apren­der de él, em­pa­par­te de la co­rrec­ción para evi­tar re­pe­tir tus erro­res. Pero, al fi­nal, lo úni­co que vi­vi­mos es el pre­sen­te y, por eso, Dios te in­vi­ta se­ria­men­te: ¡Vive el Hoy! Y no de­bes ol­vi­dar que tiem­pos ma­los en la his­to­ria ha ha­bi­do mu­chos, pero… ¿Acaso el tiem­po de la pri­me­ra gue­rra mun­dial fue me­jor que este? ¿Acaso el tiem­po de la edad me­dia con sus gran­des epi­de­mias que diez­ma­ban la po­bla­ción era me­jor que este? ¿Acaso el tiem­po de las dic­ta­du­ras fue me­jor que este? ¡No! Así es que te­ne­mos más mo­ti­vos para ale­grar­nos de vi­vir en este tiem­po que para que­jar­nos de él (San Agustín)[3]. Y es­toy se­gu­ro que vol­ve­rán tiem­pos real­men­te ma­los, pues el hom­bre ol­vi­da fá­cil­men­te es­tas tra­ge­dias. Pero el hoy, aun­que no sea per­fec­to, no es ese tiem­po. Por eso, apro­ve­cha hoy para vol­ver a Dios y for­ta­le­cer tu fe, de for­ma que cuan­do lle­guen los tiem­pos di­fí­ci­les pue­das vi­vir con la paz que da el sa­ber que… ¡Dios te ama!

Pero aca­so… ¿Quieres cam­biar el mun­do? Tú no pue­des, pero Dios sí. Por ello, es fun­da­men­tal cam­biar pri­me­ro no­so­tros mis­mos, de­jan­do que Dios sea el Dios de nues­tra vida, de nues­tros afec­tos, de nues­tro di­ne­ro, de nues­tros re­cur­sos, de nues­tras re­la­cio­nes, de nues­tros bie­nes, de nues­tro tiem­po y de no­so­tros mis­mos. Y de esa ma­ne­ra, Dios hará en ti ma­ra­vi­llas ca­pa­ces de cam­biar no solo el mun­do, sino algo mu­cho más di­fí­cil de cam­biar: el co­ra­zón de una per­so­na. Por eso… ¿Quieres ayu­dar a que es­tos tiem­pos sean me­jo­res? ¿Quieres ayu­dar a los po­bres del mun­do? ¿Quieres cam­biar el mun­do? ¡Empieza por con­ver­tir­te tú mis­mo! El res­to, si tú le de­jas, lo hará Dios a tra­vés de ti y de todo lo que tú has pues­to a su dis­po­si­ción… pues así es como na­cen los mi­sio­ne­ros y la mi­sión en sí mis­ma. ¡Porque Dios nos ama!