2.7 El sen­ti­do de la vida

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El que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno co­rre­rán ríos de agua viva.
- Juan 7, 38

El sen­ti­do de la vida El sen­ti­do de la vida es algo que nos per­si­gue e in­te­rro­ga a to­dos. ¿Para qué vivo? ¿Qué quie­ro al­can­zar en mi vida? ¿Unos bue­nos es­tu­dios? ¿Para qué? ¿Para con­se­guir un buen tra­ba­jo? ¿Con qué ob­je­ti­vo? ¿Cobrar mu­cho y po­der com­prar­me mis ca­pri­chos, ha­cer via­jes y te­ner una fa­mi­lia? ¿Y eso para qué? ¿No pue­do ha­cer lo que quie­ro aho­ra mis­mo, sin con­se­guir todo eso? Entonces… ¿Vivo para al­can­zar el fin de se­ma­na y pa­sar un buen rato con mis ami­gos? ¿Para co­no­cer a un chi­co o una chi­ca? Pero… ¿Para qué? ¿Para pa­sar un buen rato? ¿Vivo solo para dis­fru­tar? ¿Pero soy fe­liz así? ¿De ver­dad? Entonces… ¿Para qué vivo?

Un his­to­rial aca­dé­mi­co im­pe­ca­ble, un cu­rri­cu­lum ex­ce­len­te, un tra­ba­jo que mu­chos en­vi­dia­rían, tiem­po de so­bra para de­di­car­se a lo que te gus­ta, una mu­jer o ma­ri­do gua­pí­si­mos, una sa­lud de hie­rro, una vida apa­ren­te­men­te per­fec­ta… ¿Es eso lo que quie­ro? ¿Eso le dará un sen­ti­do a mi vida? ¿Me hará fe­liz? ¿No es eso lo que tie­nen mu­chos ri­cos? Sí, esos mis­mos ri­cos que sa­len en las no­ti­cias en­gan­cha­dos a las dro­gas, se­pa­ra­dos in­fi­ni­dad de ve­ces, con jui­cios le­ga­les y es­cán­da­los o, in­clu­so, sui­ci­da­dos. ¿Pero no eran fe­li­ces? ¿No es lo que quie­re todo el mun­do? ¿Quiero yo eso? ¡Parece todo una gran men­ti­ra! Pero en­ton­ces… ¿Cuál es el ver­da­de­ro sen­ti­do de mi vida? ¿De qué sir­ven los po­cos años de vida que voy a vi­vir? ¿No se des­va­ne­ce­rá todo cuan­do mue­ra, o diez, o cien años des­pués?

Pues bien, la Iglesia Católica y Dios tie­nen la res­pues­ta a esa pre­gun­ta: Tú has sido crea­do por amor y para amar. La ra­zón más alta de la dig­ni­dad hu­ma­na con­sis­te en la vo­ca­ción del hom­bre a la co­mu­nión con Dios. El hom­bre es in­vi­ta­do al diá­lo­go con Dios des­de su na­ci­mien­to; pues no exis­te sino por­que, crea­do por Dios por amor, es con­ser­va­do siem­pre por amor; y no vive ple­na­men­te se­gún la ver­dad si no re­co­no­ce li­bre­men­te aquel amor y se en­tre­ga a su Creador (Gaudium et Spes)[58]. Y esto se vive re­ci­bien­do el Amor de Dios y, a su vez, dán­do­lo a los hom­bres. Este es el pro­pó­si­to de tu vida. Y, en el fon­do de tu co­ra­zón, lo in­tu­yes cla­ra­men­te: bus­cas el amor. Y todo lo de­más es va­ni­dad. Pues ¿de qué le ser­vi­rá al hom­bre ga­nar el mun­do en­te­ro, si arrui­na su vida? (Mateo 16, 26a). Y nada de todo lo que he­mos men­cio­na­do an­tes te da la Vida. Nada de eso te hace fe­liz. Nada de eso da o pue­de dar un sen­ti­do a la vida. Sólo pue­den con­se­guir­te una eva­sión efí­me­ra y ha­cer­te pa­sar un “buen” rato. Pero lue­go… en fin, tú sa­bes me­jor que na­die lo que pasa lue­go.

El sen­ti­do a todo, o lo que es lo mis­mo, la Vida de ver­dad, solo la da Dios. Solo su Amor. Un amor que vi­vi­re­mos en ple­ni­tud en el cie­lo, pero que po­de­mos gus­tar ya aquí. Un amor que se hace con­cre­to cuan­do te de­di­cas a los de­más. Y cada uno a su ma­ne­ra, con los do­nes que Dios le ha re­ga­la­do, en el lu­gar que Dios le ha pues­to, para ha­cer sim­ple­men­te lo que Dios quie­re. Nada más. Pero… ¡Ay! ¡Qué de­bi­li­dad y fra­gi­li­dad tie­ne nues­tra na­tu­ra­le­za! Ante el mas mí­ni­mo su­fri­mien­to desecha­mos la idea de amar, sin sa­ber que pre­ci­sa­men­te el su­fri­mien­to es lo que hace cre­cer el amor. Pues no hay Salvación sin cruz. Y la cruz con Dios es siem­pre… ¡Una cruz glo­rio­sa!

Precisamente por eso, la Fe debe vi­vir­se en el seno de la Iglesia Católica, en co­mu­nión con unos her­ma­nos que pue­den ayu­dar­te fí­si­ca­men­te. ¡No es­tás solo! Y, por su­pues­to, debe vi­vir­se en una re­la­ción ma­du­ra y per­so­nal con Dios. Conocer a Dios y su amor, y de­jar­se amar por Él, es el pri­mer paso para en­con­trar y rea­li­zar nues­tro sen­ti­do en la vida. ¡Y tan­tos Santos y ca­tó­li­cos ac­tua­les son fe­li­ces ha­cien­do la vo­lun­tad de Dios! ¡Amando a Dios con todo su ser, y al pró­ji­mo como a sí mis­mos! Que Santa Teresa de Lisieux, doc­to­ra y co­ra­zón de la Iglesia, nos adop­te como hi­jos es­pi­ri­tua­les e in­ter­ce­da por no­so­tros ante Dios. Porque cier­to es que sin Él, no es po­si­ble de­di­car­se a los de­más en todo mo­men­to, pues cuan­do uno su­fre… ¡Qué di­fí­cil es ol­vi­dar­se de uno mis­mo para amar al otro! ¡Pero esto será lo úni­co que no pase nun­ca! ¿Lo pri­me­ro? Acude a la Iglesia Católica y pá­ra­te a mi­rar el Amor de Dios en tu día a día. ¡Pues cier­ta­men­te Dios te ama!