2.3 La de­bi­li­dad hu­ma­na

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No te­mas, que con­ti­go es­toy yo; no re­ce­les, que yo soy tu Dios. Yo te he ro­bus­te­ci­do y te he ayu­da­do, y te ten­go asi­do con mi dies­tra jus­ti­cie­ra.
- Isaías 41, 10

La de­bi­li­dad hu­ma­na Las per­so­nas so­mos dé­bi­les, muy dé­bi­les: nos en­fer­ma­mos con fa­ci­li­dad, nos afec­ta mu­cho lo que su­ce­de a nues­tro al­re­de­dor, en oca­sio­nes so­mos in­ca­pa­ces de con­tro­lar nues­tros im­pul­sos, fa­lla­mos, nos equi­vo­ca­mos, te­ne­mos mie­do de lo que nos pue­da su­ce­der, nos ve­mos in­ca­pa­ces de ha­cer mu­chas co­sas, te­ne­mos fo­bias, pro­ble­mas psi­co­ló­gi­cos, nos de­pri­mi­mos, du­da­mos de todo, su­fri­mos y un lar­go et­cé­te­ra. Esta reali­dad nos re­cuer­da cons­tan­te­men­te que no­so­tros no so­mos. Que aun­que hoy es­ta­mos aquí, qui­zás ma­ña­na ya ha­bre­mos muer­to. De he­cho, en cien años poco más que hue­sos que­da­rá de no­so­tros. Y en mil años di­fí­cil­men­te per­du­ra­rá nues­tro re­cuer­do y nues­tra hue­lla en el mun­do. Esta es nues­tra reali­dad ca­du­ca: Con el su­dor de tu ros­tro co­me­rás el pan, has­ta que vuel­vas al sue­lo, pues de él fuis­te to­ma­do. Porque eres pol­vo y al pol­vo tor­na­rás (Génesis 3, 19). Pero esta reali­dad nos in­vi­ta tam­bién a algo muy im­por­tan­te: a bus­car a Dios con ahín­co, pues don­de no­so­tros no po­de­mos, por­que no so­mos, Él sí pue­de, por­que sí es.

Efectivamente, sólo ver­da­de­ra­men­te Dios es, pues dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y aña­dió: «Así di­rás a los Israelitas: ‘Yo soy’ me ha en­via­do a vo­so­tros» (Éxodo 3, 14). Y, pre­ci­sa­men­te por­que Dios sí es, so­bre esta reali­dad de de­bi­li­dad del hom­bre hay una ma­yor aún: Todo lo pue­do con Aquel que me da fuer­zas (Filipenses 4, 13). ¡Dios pue­de don­de tú no! Por eso los cris­tia­nos son fuer­tes en la tri­bu­la­ción has­ta el ex­tre­mo del mar­ti­rio. Dios les re­ga­la la fuer­za que ne­ce­si­tan. Una fuer­za para amar y para rea­li­zar la jus­ti­cia de la cruz… ¡Que no se re­sis­te al mal! Así ac­túan los cris­tia­nos en la de­bi­li­dad. No de­ján­do­se arras­trar por el te­mor, sino que con­fían in­con­di­cio­nal­men­te en Dios, como nos en­se­ña Cristo: Acercándose ellos le des­per­ta­ron di­cien­do: «¡Señor, sál­va­nos, que pe­re­ce­mos!» Díceles: «¿Por qué te­néis mie­do, hom­bres de poca fe?» Entonces se le­van­tó, in­cre­pó a los vien­tos y al mar, y so­bre­vino una gran bo­nan­za (Mateo 8, 25-26). Por eso es muy im­por­tan­te em­plear las ar­mas de la luz que la Iglesia pone a dis­po­si­ción de to­dos sus fie­les: ayuno, li­mos­na, ora­ción, etc. Conviene tam­bién man­te­ner­se fir­me en la es­pe­ran­za de la vida eter­na y el amor de Dios, por­que cier­ta­men­te… ¡Dios te ama!