2.5 La ver­da­de­ra li­ber­tad

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Para ser li­bres nos ha li­be­ra­do Cristo. Manteneos, pues, fir­mes y no os de­jéis opri­mir nue­va­men­te bajo el yugo de la es­cla­vi­tud.
- Gálatas 5, 1

La ver­da­de­ra li­ber­tad Hoy en día es muy co­mún es­cu­char con­sig­nas como las si­guien­tes: «yo hago lo que me da la gana», «soy li­bre para de­ci­dir» o «yo man­do de mi vida». Frases que apa­ren­te­men­te pa­re­cen ir a fa­vor de la li­ber­tad del hom­bre pero que, en el fon­do, son signo de una gran es­cla­vi­tud: la es­cla­vi­tud del yo. Y esto no es nada nue­vo, mo­der­nis­ta o pro­gre­sis­ta, pues hace ya dos mil años San Pablo ad­ver­tía del en­ga­ño: Vosotros, her­ma­nos, ha­béis sido lla­ma­dos a la li­ber­tad; pero no to­méis de esa li­ber­tad pre­tex­to para la car­ne; an­tes al con­tra­rio, ser­víos unos a otros por amor (Gálatas 5, 13).

Hacer lo que a mi me da la gana sig­ni­fi­ca ser es­cla­vo de las pro­pias ape­ten­cias. Por eso… ¿Por qué no me acues­to con mi no­via? ¿Por qué no la aban­dono cuan­do me lla­ma la aten­ción otra? Claro que sí. ¿Qué más da que la des­tro­ce en el pro­ce­so? Yo soy li­bre para de­ci­dir con quién es­tar. En reali­dad lo que eres es es­cla­vo de tus pro­pias pa­sio­nes y, por tan­to, no pue­des amar. Así pues, esto no es li­ber­tad, sino es­cla­vi­tud. Y el ori­gen de esa es­cla­vi­tud es el mie­do a la muer­te fí­si­ca y on­to­ló­gi­ca: el mie­do a no ser. Por eso, para los hom­bres es im­po­si­ble amar al enemi­go, al que le está qui­tan­do la vida. Buscan la ven­gan­za, la jus­ti­cia, el des­truir­lo o, al me­nos, el pa­rar­le los pies. Porque te­ne­mos un mie­do pro­fun­do a la muer­te.

Pero… ¿Quién ha te­ni­do esta li­ber­tad? Cristo. Pues -en ver­dad, ape­nas ha­brá quien mue­ra por un jus­to; por un hom­bre de bien tal vez se atre­ve­ría uno a mo­rir-; más la prue­ba de que Dios nos ama es que Cristo, sien­do no­so­tros to­da­vía pe­ca­do­res, mu­rió por no­so­tros (Romanos 5, 7-8). ¡Y con su muer­te ha ven­ci­do nues­tra muer­te! Él ha sido li­bre para dar su vida por amor a no­so­tros, que tan­tas ve­ces he­mos re­ne­ga­do de Él. Él no se ha re­sis­ti­do a nues­tro mal y ha en­tre­ga­do su pro­pia vida para nues­tra Salvación. Él no ha te­ni­do mie­do a la muer­te. Él ha obra­do el bien y nos ha ama­do has­ta el ex­tre­mo. ¡Qué gran­de es el amor de Dios!

Por eso, un hom­bre es ver­da­de­ra­men­te li­bre cuan­do pue­de obrar el bien siem­pre, aman­do in­clu­so al enemi­go y do­mi­nan­do las ape­ten­cias de la car­ne. Un hom­bre es li­bre cuan­do no se deja do­mi­nar por el mie­do a la muer­te in­te­rior. Y esto los cris­tia­nos lo po­de­mos ha­cer en Cristo, que ha ven­ci­do a la muer­te des­tru­yén­do­la. ¡Ya no te­ne­mos mo­ti­vos para te­mer­la! Por eso San Pablo dirá: Y mu­rió por to­dos, para que ya no vi­van para sí los que vi­ven, sino para aquel que mu­rió y re­su­ci­tó por ellos (2 Corintios 5, 15). ¡Eres li­bre gra­cias a Dios!