2.11 Los mi­la­gros exis­ten

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Yahvé, tú eres mi Dios, yo te en­sal­zo, ala­bo tu nom­bre, por­que has he­cho ma­ra­vi­llas y pla­nes muy de an­te­mano, que no fa­llan.
- Isaías 25, 1

Los mi­la­gros exis­ten Hoy en día ni mu­chos ca­tó­li­cos creen en los mi­la­gros, cuan­do es­tos su­po­nen uno de los sig­nos más im­por­tan­tes de la exis­ten­cia de Dios y de la pre­di­ca­ción. Pero no sólo esto, los mi­la­gros tam­bién su­po­nen ga­ran­tías que ha­cen cre­cer nues­tra Fe au­men­tan­do la con­fian­za en la pro­me­sa de la vida eter­na que Dios nos ha re­ga­la­do a tra­vés de su Hijo Jesucristo, para que se cum­plie­ra lo di­cho por el pro­fe­ta Isaías: Él tomó nues­tras fla­que­zas y car­gó con nues­tras en­fer­me­da­des (Mateo 8, 17). Y por ello va­mos a ilus­trar la ve­ra­ci­dad de los mi­la­gros con una his­to­ria re­cien­te, fa­mo­sa y real, cuyo tes­ti­go es un ateo que no cree en los mi­la­gros.

Alexis Carrel era un cien­tí­fi­co ateo lau­rea­do con el Premio Nobel de Medicina en el año 1912, tras una ca­rre­ra cien­tí­fi­ca y mé­di­ca bri­llan­te. De he­cho se le re­co­no­ce como uno de los pa­dres de la ci­ru­gía vas­cu­lar. Un día, un co­le­ga suyo le pi­dió que to­ma­ra su lu­gar como mé­di­co a car­go de un tren que tras­la­da­ba gen­te en­fer­ma a Lourdes. Alexis Carrel acep­tó el en­car­go. De en­tre to­dos los en­fer­mos que ha­bía en el tren él fijó su aten­ción en una jo­ven en­fer­ma ago­ni­zan­te lla­ma­da Marie Bailly, de la cual es­cri­bió: Hay una pa­cien­te que está más cer­ca de la muer­te en este mo­men­to que cual­quie­ra de los otros. […] Conozco su his­to­ria. Toda su fa­mi­lia mu­rió de tu­bercu­losis. Ella ha te­ni­do úl­ce­ras tu­bercu­losas, le­sio­nes de los pul­mo­nes, y aho­ra, en es­tos úl­ti­mos me­ses, una pe­ri­to­ni­tis, diag­nos­ti­ca­da tan­to por un mé­di­co ge­ne­ral como por un ci­ru­jano re­co­no­ci­do de Burdeos, Bromilloux. Su es­ta­do es muy gra­ve, yo tuve que dar­le mor­fi­na en el via­je. Ella pue­de mo­rir en cual­quier mo­men­to, jus­to de­ba­jo de mi na­riz. Si un caso como el suyo se cu­ra­ra se­ría real­men­te un mi­la­gro. […] Ella está con­de­na­da. La muer­te está muy cer­ca. Su pul­so es muy rá­pi­do, de cien­to cin­cuen­ta pul­sa­cio­nes por mi­nu­to, e irre­gu­la­res. El co­ra­zón está apa­gán­do­se (Alexis Carrel)[53].

En Lourdes, Marie Bailly fue exa­mi­na­da de nue­vo por va­rios mé­di­cos, mien­tras ella in­sis­tía en ser lle­va­da a la Gruta del Santuario de Lourdes. Sin em­bar­go, los mé­di­cos (entre ellos el pro­pio Alexis Carrel) te­nían mie­do de que mu­rie­ra por el ca­mino. Al lle­gar a los ba­ños con­ti­guos a la gru­ta, y al no per­mi­tir­le la in­mer­sión, ella pi­dió que le de­rra­ma­ran so­bre su ab­do­men un poco de agua, un to­tal de tres ve­ces. Mientras, Alexis Carrel es­ta­ba de­trás de ella re­gis­tran­do el tiem­po, el pul­so, la ex­pre­sión fa­cial y otros da­tos clí­ni­cos, sin es­pe­ran­za al­gu­na. Sin em­bar­go, el ab­do­men de Marie Bailly co­men­zó a apla­nar­se y en 30 mi­nu­tos ha­bía re­cu­pe­ra­do una for­ma nor­mal. Efectivamente, Marie Bailly fue cu­ra­da. Sin em­bar­go, Alexis Carrel con­ti­nuó con su vida nor­mal, pre­gun­tán­do­se con­ti­nua­men­te so­bre lo que ha­bía vis­to y cómo era aque­llo po­si­ble, sin en­con­trar res­pues­ta. Finalmente, en el le­cho de muer­te, se con­vir­tió: Virgen Santa, so­co­rro de los des­gra­cia­dos que te im­plo­ran hu­mil­de­men­te, sál­va­me. Creo en ti, has que­ri­do res­pon­der a mi duda con un gran mi­la­gro. No lo com­pren­do y dudo to­da­vía. Pero mi gran de­seo y el ob­je­to su­pre­mo de to­das mis as­pi­ra­cio­nes es aho­ra creer (Alexis Carrel)[53].

Un ateo con­ven­ci­do y gran cien­tí­fi­co como Alexis Carrel re­co­no­ció sa­bia­men­te la exis­ten­cia de los mi­la­gros, al ser tes­ti­go de uno. Bueno, él de­cía que era un mi­la­gro. La Iglesia Católica es muy es­tric­ta con los cri­te­rios que uti­li­za para con­si­de­rar si algo es un mi­la­gro o no y este, se­gún la Iglesia, no cum­ple to­dos los re­qui­si­tos. ¿El mo­ti­vo? Los pri­me­ros mé­di­cos que la aten­die­ron no ha­bían con­si­de­ra­do la po­si­bi­li­dad de un em­ba­ra­zo psi­co­ló­gi­co y no ha­bía su­fi­cien­tes in­for­mes psi­co­ló­gi­cos y psi­quiá­tri­cos pre­vios a la cu­ra­ción, pues la Iglesia exi­ge mu­chí­si­mos. El co­mi­té mé­di­co de­ci­dió fa­llar en con­tra de la re­co­men­da­ción de con­si­de­rar a la cu­ra­ción de Marie Bailly para su apro­ba­ción ecle­siás­ti­ca como “milagro”. Pero… ¿Podrían tan­tos mé­di­cos diag­nos­ti­car in­co­rrec­ta­men­te se­me­jan­te caso? Además, Marie Bailly ha­bía su­pe­ra­do to­das las prue­bas psi­co­ló­gi­cas pos­te­rio­res a su cu­ra­ción con gran éxi­to. La ver­dad es que la Iglesia Católica se ase­gu­ra muy bien de las co­sas, y cuan­do dice que ha ha­bi­do un mi­la­gro, ni si­quie­ra un Premio Nobel de Medicina pue­de con­tra­de­cir­lo de for­ma ra­zo­na­ble. Como úl­ti­mo de­ta­lle, la Iglesia sí ha re­co­no­ci­do unas 70 cu­ra­cio­nes en Lourdes como mi­la­gro­sas, de ca­sos mu­cho más do­cu­men­ta­dos y com­pro­ba­dos. ¡Que gran­de es el amor y el po­der de Dios!