2.6 Memorias de una Santa Familia

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Acuérdate de Jesucristo, re­su­ci­ta­do de en­tre los muer­tos, des­cen­dien­te de David, se­gún mi Evangelio.
- 2 Timoteo 2, 8

Memorias de Celia y Luís Conocí a Luís en la re­lo­je­ría de Rennes con die­ci­nue­ve años. Me pa­re­ció un jo­ven cul­to para los tiem­pos que co­rrían, por lo que in­ti­ma­mos rá­pi­da­men­te. Sin em­bar­go, nues­tra amis­tad en aque­lla épo­ca duró poco pues, tras unos me­ses, tuvo que par­tir a Estrasburgo para ter­mi­nar su for­ma­ción de re­lo­je­ro. El des­tino vol­vió a unir­nos unos seis años des­pués en Alençon, ciu­dad a la que me ha­bía mu­da­do por cues­tio­nes la­bo­ra­les y en la que Luís re­gen­ta­ba ya su pro­pia re­lo­je­ría. Su ru­ti­na dia­ria era bas­tan­te sen­ci­lla, con misa por la ma­ña­na y tra­ba­jo el res­to del día en su re­lo­je­ría. Relojería, por cier­to, que más tar­de am­plia­ría tam­bién a jo­ye­ría. Trabajaba de sol a sol, de lu­nes a sá­ba­do, pero el do­min­go siem­pre ce­rra­ba, aun­que eso le pri­va­ra de bue­nas ven­tas. Además, Luís se ha­bía com­pra­do una pro­pie­dad que le ser­vía de re­fu­gio, una es­pe­cie de to­rreón con jar­dín, don­de es­cri­bía y me­di­ta­ba a me­nu­do.

En más de una oca­sión pasé la tar­de allí con él. No ha­bla­ba mu­cho y, cuan­do lo ha­cía, nun­ca era de te­mas ba­na­les. En una de esas vi­si­tas le pre­gun­té so­bre una fra­se que te­nía es­cri­ta en la pa­red, que re­za­ba así: La eter­ni­dad se acer­ca y no pen­sa­mos en ella (San Luís Martín)[99]. Esto fue lo que me dijo: «Si al­guien te dice que vas a mo­rir te es­ta­ría di­cien­do úni­ca­men­te me­dia ver­dad: tam­bién vas a re­su­ci­tar. ¡Y esto es mu­cho más im­por­tan­te que lo an­te­rior! Como dice su pro­pio nom­bre, la vida eter­na es para siem­pre, lo cual le da una im­por­tan­cia in­fi­ni­ta, por­que… ¿Cómo quie­res pa­sar la eter­ni­dad? En esta vida ha­brás co­no­ci­do qué es el su­fri­mien­to y la muer­te, pero tam­bién la vida, el gozo y el amor. Pues bien, ob­via­men­te, Dios quie­re que vi­vas la eter­ni­dad en la vida, el gozo y el amor; es de­cir, con Él. Pero la de­ci­sión de acep­tar a Cristo, de acep­tar el amor, es sólo tuya.»

Oído esto, lo pri­me­ro que se me pasó por la ca­be­za fue que, sin duda, Luís ter­mi­na­ría en un mo­nas­te­rio. Cosa, por cier­to, que ya ha­bía in­ten­ta­do… ¡Pero cuán­to me iba a equi­vo­car!

Ella se lla­ma­ba Celia, te­nía vein­ti­sie­te años y Luis trein­ta y cin­co cuan­do se co­no­cie­ron. Y en tan solo tres me­ses se ha­bían ca­sa­do. Fue una ce­re­mo­nia sen­ci­lla pero emo­ti­va, a me­dia no­che, en la igle­sia de Notre-Dame, y úni­ca­men­te con los fa­mi­lia­res y ami­gos más alle­ga­dos, como es cos­tum­bre cuan­do los no­vios son de una cier­ta edad. Dos años des­pués les na­ció su pri­me­ra hija, María, una ale­gría para la casa que sólo tar­dó cua­tro años en apren­der a leer. Pero lo que más me sor­pren­dió fue que tan sólo unos me­ses des­pués Celia vol­vía a es­tar em­ba­ra­za­da. Al pre­gun­tar­le so­bre aque­llo Celia me dijo:

«Querido ami­go, el amor cris­tiano que nos pro­fe­sa­mos bus­ca siem­pre el bien de la per­so­na ama­da y re­cha­za usar­la para lo­grar fi­nes pro­pios como el pla­cer, la se­gu­ri­dad afec­ti­va o un re­me­dio a la so­le­dad, aun cuan­do es­tos fi­nes son co­mu­nes y acep­ta­dos por am­bos. Nosotros nos ama­mos si­guien­do el mo­de­lo cris­tiano, por lo que no que­re­mos ni una piz­ca de egoís­mo en nues­tro ma­tri­mo­nio. No va­mos a en­ce­rrar­nos en no­so­tros mis­mos. Y des­pro­vis­to de la aper­tu­ra a la vida, el acto con­yu­gal se vuel­ve egoís­ta bus­can­do el pla­cer, pero al acep­tar los po­si­bles hi­jos que Dios nos re­ga­la, se abre al amor. De esa for­ma pa­sa­mos del egoís­mo a la en­tre­ga mu­tua abier­ta a una po­si­ble ter­ce­ra per­so­na: el hijo. Hijos a los que ama­re­mos, cui­da­re­mos y edu­ca­re­mos con todo el amor y de­di­ca­ción que te­ne­mos. Así pues, aun­que no lo com­pren­das, no me pi­das no amar.»

Obviamente, esto me pa­re­ció cuan­to me­nos una lo­cu­ra y, en aquel mo­men­to, no lo com­pren­día. Pero en cual­quier caso e in­de­pen­dien­te­men­te de mi opi­nión, Paulina na­ció un año des­pués de María. Y tan solo un año des­pués Leonia, una chi­ca que da­ría mu­cho queha­cer a su ma­dre y sus her­ma­nas pues te­nía un leve re­tra­so men­tal. Pero la cosa no ter­mi­nó ahí: Elena fue la si­guien­te, una en­fer­mi­za niña que mu­rió a los seis años. Jose Luís vino des­pués, que mu­rió cin­co me­ses des­pués de ha­ber na­ci­do de­bi­do a una gra­ve en­fer­me­dad. José Juan, que tam­bién mu­rió tras unos me­ses por una en­fer­me­dad des­co­no­ci­da, fue el si­guien­te. A con­ti­nua­ción na­ció Celina, que esta vez sí na­ció sana y ro­bus­ta, y a día de hoy aún vive. Su her­ma­na Melania no tuvo tan­ta suer­te, pues mu­rió trá­gi­ca­men­te en dos me­ses por­que la no­dri­za no la ali­men­ta­ba. Y fi­nal­men­te, na­ció Teresa, cuya his­to­ria la de­ja­mos para un poco más ade­lan­te. Y todo esto en un es­pa­cio de tan solo tre­ce años. Esta es una par­te de la car­ta que Celia me dio para su her­mano, so­bre la muer­te de su hija Melania:

«Me en­te­ré de­ma­sia­do tar­de de que no le daba de co­mer. Me lo dijo el mé­di­co ape­nas se la qui­ta­mos. Se le po­dían con­tar los hue­sos. […] ¡Era una niña tan lin­da! Tenía unos ojos como no se ven nun­ca en los ni­ños de esa edad, y unos ras­gos tan de­li­ca­dos… ¡Y pen­sar que me la han de­ja­do mo­rir de ham­bre! […] En fin, se aca­bó, ya no tie­ne re­me­dio, lo me­jor es re­sig­nar­me. La niña es fe­liz, y eso me con­sue­la (Santa Celia Martín)[86]

Debería co­men­tar que Melania ne­ce­si­ta­ba de una no­dri­za, por­que Celia ya te­nía sín­to­mas gra­ves de un cán­cer de mama que aca­ba­ría con su vida sie­te años des­pués del na­ci­mien­to de Melania y cua­tro des­pués del de su úl­ti­ma hija, Teresa. Y este cán­cer le im­pe­día ama­man­tar a sus hi­jas. Cuando le pre­gun­té a Luís so­bre la muer­te de sus hi­jos sim­ple­men­te me citó un pa­sa­je de la Biblia so­bre el cie­lo, que de­cía: Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al co­ra­zón del hom­bre lle­gó, lo que Dios pre­pa­ró para los que lo aman (1 Corintios 2, 9b). Entre in­cré­du­lo y ad­mi­ra­do por su en­te­re­za, no pude de­cir­le ni una sola pa­la­bra de con­sue­lo. Nada.

Por otro lado, quien pien­se que Celia era una mu­jer sin más vida que los hi­jos se equi­vo­ca. Profesionalmente te­nía más éxi­to que su ma­ri­do, pues re­gen­ta­ba un gran ne­go­cio de pun­to de Alençon que daba de co­mer a mu­chas em­plea­das y ge­ne­ra­ba cuan­tio­sos be­ne­fi­cios. Sin em­bar­go, este ne­go­cio cayó en des­gra­cia cuan­do lle­gó la gue­rra unos po­cos años an­tes de su muer­te. De he­cho, la gue­rra les afec­tó bas­tan­te, no solo por­que aca­bó con el ne­go­cio de Celia, sino por­que tam­bién tu­vie­ron que aco­ger y man­te­ner en su pro­pia casa a nue­ve sol­da­dos. Fueron tiem­pos os­cu­ros y di­fí­ci­les para to­dos, pero ellos siem­pre te­nían una pa­la­bra de áni­mo para to­dos… y para mi.

«Dios nos ayu­da­rá. No se cómo ni cuán­do, pero lo hará. Y se dirá aquel día: «Ahí te­néis a nues­tro Dios: es­pe­ra­mos que nos sal­ve; éste es Yahvé en quien es­pe­rá­ba­mos; nos re­go­ci­ja­mos y nos ale­gra­mos por su vic­to­ria» (Isaías 25, 9). Ten pre­sen­te que el peor mal, el inevi­ta­ble, la muer­te, ya ha sido ven­ci­da. Así que aun­que es­te­mos en el peor de los ca­sos y nues­tro des­tino sea la muer­te; gra­cias a Dios y su sa­cri­fi­cio en la cruz… ¡Ahora es la vida eter­na!»

Al fi­nal, como tan­tas otras ve­ces, tuve que dar­les la ra­zón, pues la gue­rra ter­mi­nó y la vida con­ti­nuó sin de­ma­sia­dos cam­bios. De he­cho, la vida dia­ria de la fa­mi­lia era bas­tan­te sen­ci­lla y ale­gre. Recuerdo una anéc­do­ta muy gra­cio­sa que ocu­rrió un día que les acom­pa­ña­ba du­ran­te la co­mi­da. Leonia, cre­yén­do­se muy ma­yor para ju­gar a las mu­ñe­cas, fue a sus her­ma­nas Celina y Teresa y se las ofre­ció: «Tomad, her­ma­ni­tas -nos dijo-, es­co­ged, os lo doy todo para vo­so­tras.» Celina alar­gó la mano y co­gió un mazo de or­las de co­lo­res que le gus­ta­ba (Santa Teresa de Lisieux)[99]. Y Teresa, alar­gó su mano di­cien­do: ¡Yo lo es­co­jo todo! (Santa Teresa de Lisieux)[99]. ¡Y co­gió la ces­ta en­te­ra! A to­dos les pa­re­ció gra­cio­so, pero Celina no se que­jó, y así ter­mi­nó rá­pi­da­men­te el re­par­to.

Sin em­bar­go, la nor­ma­li­dad no du­ra­ría mu­cho pues la en­fer­me­dad de Celia pron­to em­peo­ró, pos­trán­do­la en la cama. De he­cho, el vein­ti­sie­te de ju­lio es­cri­bía ya a su her­mano di­cién­do­le: Mi tiem­po se ha aca­ba­do y Dios quie­re que des­can­se en un lu­gar dis­tin­to de la tie­rra (Santa Celia Martín)[86]. Poco más de un mes des­pués, mo­ri­ría ro­dea­da de sus se­res que­ri­dos a los cua­ren­ta y cin­co años. Sobre su lar­ga en­fer­me­dad y su muer­te, co­men­tar que se me que­da­ron gra­ba­das en la men­te unas pa­la­bras que un día Luís me co­men­tó en una de sus vi­si­tas:

«La en­fer­me­dad y la muer­te son siem­pre te­mas du­ros y do­lo­ro­sos, pero para un cris­tiano no son el fi­nal, sino el prin­ci­pio de una vida nue­va, me­jor y más ple­na. Por eso, un cris­tiano vive la en­fer­me­dad ter­mi­nal y la muer­te de una for­ma di­fe­ren­te, con es­pe­ran­za, sin mur­mu­rar, y con­fian­do en Dios. La Fe, fru­to de la ex­pe­rien­cia del amor de Dios en toda una vida, da al cris­tiano una res­pues­ta real y pro­fun­da: Pues es­toy se­gu­ro de que ni la muer­te ni la vida ni los án­ge­les ni los prin­ci­pa­dos ni lo pre­sen­te ni lo fu­tu­ro ni las po­tes­ta­des ni la al­tu­ra ni la pro­fun­di­dad ni otra cria­tu­ra al­gu­na po­drá se­pa­rar­nos del amor de Dios ma­ni­fes­ta­do en Cristo Jesús Señor nues­tro (Romanos 8, 38-39). ¡Pues cier­ta­men­te Dios nos ama!»

Poco des­pués de la muer­te de Celia, Luís de­ci­dió ven­der la re­lo­je­ría y vi­vir de las ren­tas de los ne­go­cios que ha­bían te­ni­do has­ta la fe­cha, mu­dán­do­se a Lisieux, cer­ca de don­de vi­vía el res­to de la fa­mi­lia. Quizás al­guien pue­da pen­sar que Celia y Luís eran una fa­mi­lia de ri­cos y mi­ma­dos. No lo eran. Aunque con el tiem­po, el su­dor de su fren­te, y su ta­len­to para los ne­go­cios se con­vir­tie­ron en una fa­mi­lia aco­mo­da­da; no lo fue así al prin­ci­pio. Además, su ca­ri­dad con los de­más era cons­tan­te, sin fal­ta. Recuerdo mu­chos de los lar­gos pa­seos que daba con ellos, en los que al cru­zar­nos con al­gún po­bre, Teresa era la en­car­ga­da de lle­var­les lo suyo. Lo suyo, de­cía Luís, por­que todo lo que no es ne­ce­sa­rio para vi­vir no es nues­tro, sino que Dios nos lo da para que lo ad­mi­nis­tre­mos y se lo de­mos a sus ver­da­de­ros due­ños: los po­bres. ¿Quién dice, es más, quien hace eso?

Memorias de Teresa Esa fa­mi­lia era todo un mis­te­rio para mi, y por eso re­sol­ví no per­der­les la pis­ta. Y así lo hice: me mudé a Lisieux con ellos, don­de la pe­que­ña Teresa em­pe­zó cada vez más a cap­tar mi aten­ción. Era una niña un poco en­fer­mi­za, pero de una for­ma u otra aca­ba­ba su­peran­do to­das las en­fer­me­da­des. Lo que real­men­te me sor­pren­dió fue que, con tan solo ca­tor­ce años, mos­tra­ra una re­so­lu­ción y una fir­me­za tan gran­des para en­trar en un mo­nas­te­rio de clau­su­ra que le lle­vó in­clu­so a en­tre­vis­tar­se con el Papa en per­so­na. De su boca sa­lían pa­la­bras como es­tas:

«Jesús, Amor mío…, al fin he en­con­tra­do mi vo­ca­ción! ¡Mi vo­ca­ción es el Amor…! Sí, he en­con­tra­do mi pues­to en la Iglesia, y ese pues­to, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el co­ra­zón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor. […] Estoy con­ven­ci­da de que, si por un im­po­si­ble, en­con­tra­ses un alma más dé­bil y más pe­que­ña que la mía, te com­pla­ce­rías en col­mar­la de gra­cias to­da­vía ma­yo­res, con tal de que ella se aban­do­na­se con en­te­ra con­fian­za a tu mi­se­ri­cor­dia in­fi­ni­ta (Santa Teresa de Lisieux)[106]

Sin em­bar­go, con ca­tor­ce años era aún muy pe­que­ña. Todos los adul­tos, la su­pe­rio­ra del con­ven­to, el sa­cer­do­te, el obis­po, y mu­chos otros, se po­si­cio­na­ron muy en con­tra a su in­gre­so. ¡Era nor­mal! Era tan jo­ven y te­nía aún mu­cha ju­ven­tud por de­lan­te… ¡Y mu­chas co­sas que vi­vir aún como para en­ce­rrar­se en un con­ven­to! Sin em­bar­go, tan gran­de fue su in­sis­ten­cia y su per­se­ve­ran­cia que, al fi­nal, con­si­guió la apro­ba­ción de su pa­dre y la dis­pen­sa del obis­po, en­tran­do al con­ven­to del Carmelo a la edad de quin­ce años. Cuando la in­te­rro­gué por ello sim­ple­men­te me con­tes­to: Cuando Dios te lla­ma es por­que tie­ne algo real­men­te ma­ra­vi­llo­so para ti. Una his­to­ria que te va a ha­cer real­men­te fe­liz. ¡Y no quie­ro tar­dar ni un se­gun­do más en ser­lo!

Mantuve muy poco con­tac­to todo el tiem­po que es­tu­vo en el mo­nas­te­rio, aun­que más tar­de me pude ha­cer con sus me­mo­rias, en las que na­rra sus vi­ven­cias en pri­me­ra per­so­na. Allí pude leer co­sas tan bo­ni­tas como las si­guien­tes:

«¡La cien­cia del Amor! ¡Sí, es­tas pa­la­bras re­sue­nan dul­ce­men­te en los oí­dos de mi alma! No de­seo otra cien­cia. Después de ha­ber dado por ella to­das mis ri­que­zas, me pa­re­ce, como a la es­po­sa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada to­da­vía… Comprendo tan bien que, fue­ra del amor, no hay nada que pue­da ha­cer­nos gra­tos a Dios, que ese amor es el úni­co bien que am­bi­ciono. Jesús se com­pla­ce en mos­trar­me el úni­co ca­mino que con­du­ce a esa ho­gue­ra di­vi­na. Ese ca­mino es el aban­dono del ni­ñi­to que se duer­me sin mie­do en bra­zos de su pa­dre (Santa Teresa de Lisieux)[106]

Tras algo de tiem­po, mi ami­go Luís en­fer­mó gra­ve­men­te, con fre­cuen­tes epi­so­dios de de­men­cia. Todos nos ha­ce­mos ma­yo­res y él no era una ex­cep­ción. Finalmente, die­ci­sie­te años des­pués de su mu­jer Celia, tam­bién mu­rió él. Para en­ton­ces to­das sus hi­jas ha­bían en­tra­do en con­ven­tos de clau­su­ra, por lo que él pudo mo­rir en paz. Entre sus car­tas en­con­tré una de­di­ca­da a sus hi­jas, que de­cía:

«Quiero de­ci­ros, que­ri­das hi­jas, que me sien­to obli­ga­do a dar gra­cias y a ha­cer que deis gra­cias a Dios, pues sien­to que nues­tra fa­mi­lia, aun­que sea hu­mil­de, tie­ne el ho­nor de per­te­ne­cer al nú­me­ro de los pri­vi­le­gia­dos de nues­tro ado­ra­ble crea­dor (San Luís Martín)[86]

Y si todo esto no fue­ra su­fi­cien­te como para ta­char es­tas, mis me­mo­rias, de in­creí­bles, aún que­da lo más sor­pren­den­te: la muer­te de la hija de mi ami­go Luís: Teresa. Después de pa­sar una vida re­clui­da en el con­ven­to en­tre ora­cio­nes y tra­ba­jos del cam­po, un poco an­tes de cum­plir vein­ti­trés años, en­fer­mó de tu­bercu­losis. Y con­ti­nuó en­fer­ma un año en­te­ro has­ta su muer­te a los vein­ti­cua­tro. Muerte que le lle­gó por as­fi­xia en­tre vó­mi­tos de san­gre, tras una lar­guí­si­ma ago­nía al de­jar de fun­cio­nar­le un pul­món du­ran­te va­rios me­ses. Tiempo du­ran­te el cual nun­ca dejó de es­tar enamo­ra­da de Dios, y nun­ca dejó de ben­de­cir y ale­grar­se por su suer­te. ¡Era fe­liz!

De he­cho, se­gún las her­ma­nas de clau­su­ra, sus úl­ti­mas pa­la­bras mi­ran­do al cru­ci­fi­jo fue­ron: ¡Sí, lo amo…! ¡Dios mío…, te amo…! (Santa Teresa de Lisieux)[106].

No com­pren­do cómo se pue­den vi­vir vi­das como es­tas fe­liz­men­te y sin de­jar de ben­de­cir nun­ca. Ellos para mí han sido una puer­ta a una for­ma de vida di­fe­ren­te. Un abrir mi men­te y mis ho­ri­zon­tes, que siem­pre es­tán cen­tra­dos en los pe­que­ños pro­ble­mas y queha­ce­res dia­rios. Y, por aho­ra, lo úni­co que saco en cla­ro de todo esto es una cosa: Dios exis­te. De lo con­tra­rio, nada de esto ha­bría sido po­si­ble.