2.1 ¿Quién es Dios para ti?

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Simón Pedro con­tes­tó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»
- Mateo 16, 16

¿Quién es Dios para ti? Mucho ha­bla­mos de Dios los cris­tia­nos: que si Dios es bueno, que si nos quie­re, que si hace mi­la­gros y mu­chas otras co­sas. Pero hoy va­mos a dar las pis­tas para res­pon­der a una pre­gun­ta más im­por­tan­te que to­das es­tas co­sas. ¿Quién es Dios para ti? Y lo ha­ce­mos con­tes­tan­do a la pre­gun­ta que dia­ria­men­te Dios nos hace, y que po­de­mos ver re­fle­ja­da en las Escrituras. Díceles él: «Y vo­so­tros ¿quién de­cís que soy yo?» (Mateo 16, 15). Pedro le res­pon­dió di­cien­do que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Esta res­pues­ta no es un cli­ché, como pue­de pa­re­cer ini­cial­men­te. Esta res­pues­ta nace de la ex­pe­rien­cia per­so­nal que ha te­ni­do Pedro con Jesucristo, y de una ins­pi­ra­ción di­vi­na.

En aque­lla épo­ca se es­pe­ra­ba al Mesías anun­cia­do por los pro­fe­tas. Sin em­bar­go, la con­cep­ción de ese Mesías era muy di­fe­ren­te a lo que hoy co­no­ce­mos de Jesucristo, por­que Dios siem­pre sor­pren­de. El Mesías es­pe­ra­do era un Mesías po­lí­ti­co, que iba a li­brar a Israel de los Romanos. Y por su­pues­to, na­die es­pe­ra­ba que fue­ra Dios mis­mo. Pedro, tras es­tar un tiem­po con Jesús y ver lo que ha­cía, lo re­co­no­ce como su Mesías y Salvador: uno muy di­fe­ren­te al que es­pe­ra­ba. Y lo re­co­no­ce como Hijo de Dios. Así pues, la res­pues­ta de Pedro nace de su ex­pe­rien­cia y de su si­tua­ción per­so­nal, in­ter­pre­ta­da por Dios. Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, por­que no te ha re­ve­la­do esto la car­ne ni la san­gre, sino mi Padre que está en los cie­los» (Mateo 16, 17).

A la luz esto, nos da­mos cuen­ta de que la for­ma co­rrec­ta de con­tes­tar a esta pre­gun­ta es de for­ma per­so­nal. Sin em­bar­go, la res­pues­ta no ha cam­bia­do. ¿Es para ti Cristo el Mesías, tu úni­co Salvador, a quien acu­des en la ne­ce­si­dad y le das gra­cias en todo mo­men­to? ¿Es para ti el Hijo de Dios? ¿Es Dios tu úni­co Dios, y no los ído­los? ¿A quién le pi­des tu se­gu­ri­dad, a Dios o al di­ne­ro? ¿Quién es Dios para ti? ¿En qué mo­men­tos de tu vida lo has vis­to? ¿Ha he­cho algo Él algo en ella?

Por ejem­plo, Abraham lo te­nía muy cla­ro: Dios era quien le ha­bía dado a su hijo, algo im­po­si­ble para él. ¡El sen­ti­do de su vida! Lo mis­mo Tobías: Dios ha­bía ben­de­ci­do enor­me­men­te a su fa­mi­lia, des­pués de ser­le Tobías fiel du­ran­te mu­chos años en los que pa­re­cía que no es­ta­ba. Pero sólo lo pa­re­cía. Y lo mis­mo dice cual­quier miem­bro del pue­blo de Israel: Dios es quien los sacó del do­mi­nio del Faraón, que los aplas­ta­ba con dura ser­vi­dum­bre. Igualmente ocu­rre con San Pablo, que en­con­tró a Dios en un mo­men­to con­cre­to de su vida don­de Él lo tiró del ca­ba­llo y lo cegó. En de­fi­ni­ti­va, Dios acon­te­ce y ac­túa en nues­tra vida, y gra­cias a su ac­ción lo co­no­ce­mos y sa­be­mos quién es.

Por eso, con­vie­ne plan­tear­se muy se­ria­men­te la res­pues­ta a esta pre­gun­ta y res­pon­der con la pro­pia vida, con he­chos con­cre­tos. Porque qui­zás in­te­lec­tual­men­te lo te­ne­mos muy cla­ro, pero la teo­ría sin la prác­ti­ca no sir­ve de nada. Pues no todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, en­tra­rá en el Reino de los Cielos, sino el que haga la Voluntad de mi Padre que está en los cie­los (Mateo 7, 21). Así pues, re­fle­xio­na y mira quién es Dios para ti en tu vida, con he­chos con­cre­tos. Mira a quién eli­ges dia­ria­men­te, si a Dios o a otras co­sas. Mira a quién acu­des en bus­ca de ayu­da y en quién po­nes tu se­gu­ri­dad. Porque Dios es el úni­co que pue­de ser tu Dios y tu Salvador, y quie­re que así sea por­que… ¡Te ama!