2.8 ¿Un ca­tó­li­co sol­te­ro?

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Aspirad a las co­sas de arri­ba, no a las de la tie­rra.
- Colosenses 3, 2

¿Un ca­tó­li­co sol­te­ro? Dios nos lla­ma a to­dos los hom­bres a una vo­ca­ción de amor, pues el amor es la vo­ca­ción fun­da­men­tal e in­na­ta de todo ser hu­mano (Catecismo 2392). Y su ex­pre­sión más sen­ci­lla y co­mún es el amor en­tre el hom­bre y la mu­jer. Un amor fiel y fe­cun­do que se da den­tro del ma­tri­mo­nio cris­tiano. De he­cho, ya en el prin­ci­pio dijo lue­go Yahvé Dios: «No es bueno que el hom­bre esté solo. Voy a ha­cer­le una ayu­da ade­cua­da» (Génesis 2, 18). Y creó Dios a la mu­jer. Y por eso de­ja­rá el hom­bre a su pa­dre y a su ma­dre y se uni­rá a su mu­jer, y los dos se ha­rán una car­ne (Efesios 5, 31). Efectivamente: Dios no lla­ma a na­die a ser sol­te­ro. Pero el ma­tri­mo­nio no es la úni­ca vo­ca­ción de amor a la que Dios pue­de lla­mar a los hom­bres, pues aun­que el fin del ma­tri­mo­nio es mos­trar el amor que le pro­fe­sa Dios al hom­bre, como ex­pli­ca San Pablo di­cien­do: Gran mis­te­rio es éste, lo digo res­pec­to a Cristo y la Iglesia (Efesios 5, 32); hay per­so­nas a las que Dios lla­ma a mos­trar su amor con to­dos los hom­bres de una for­ma mu­cho más di­rec­ta. Y lo hace a tra­vés del sa­cer­do­cio o la vir­gi­ni­dad con­sa­gra­da a Dios: sa­cer­do­tes, mon­jes, mon­jas, vír­ge­nes con­sa­gra­das, cé­li­bes, etc. Estos vi­ven el ce­li­ba­to mien­tras ha­cen pre­sen­te a Dios y a su amor de for­ma fí­si­ca en la so­cie­dad ac­tual. Y esto es lo que vi­vió San Pablo, que de­cía: Mi de­seo se­ría que to­dos fue­ran como yo; mas cada cual tie­ne de Dios su gra­cia par­ti­cu­lar: unos de una ma­ne­ra, otros de otra (1 Corintios 7, 7).

Así pues, Dios te lla­ma por tu nom­bre a una vo­ca­ción de amor. Siempre. O bien un amor mos­tra­do con gran in­ten­si­dad ha­cia una per­so­na con­cre­ta, o bien de for­ma ge­ne­ral al ser­vi­cio de to­dos los hom­bres. Pero no te lla­ma a ser sol­te­ro y vi­vir para ti, pues quien in­ten­te guar­dar su vida, la per­de­rá; y quien la pier­da, la con­ser­va­rá (Lucas 17, 33). Dios te ha crea­do por amor y te ha ele­gi­do para amar. Por ello, si tú tra­tas de em­pe­zar una re­la­ción o ir a un se­mi­na­rio sim­ple­men­te para tu rea­li­za­ción per­so­nal, tra­tan­do de bus­car lo que te gus­ta o pen­san­do que es­tás como in­com­ple­to sin eso, no com­pren­des real­men­te lo que quie­re Dios de ti. Él te lla­ma a amar­lo a Él so­bre to­das las co­sas, y a amar a los de­más como Él te ha ama­do a ti. Te lla­ma a dar tu vida por ellos in­clu­so cuan­do eso no te re­por­te a ti nada. Pero no te lla­ma a que bus­ques la vida y el amor en otro que no sea Él mis­mo, ha­cien­do una ido­la­tría. Por eso el amor cris­tiano, in­clu­so den­tro del ma­tri­mo­nio, es muy exi­gen­te.

Para lle­gar a des­cu­brir tu vo­ca­ción qui­zás de­bas es­pe­rar un tiem­po ejer­ci­tán­do­te en el amor de­sin­te­re­sa­do al pró­ji­mo y a Dios, an­tes de que la lla­ma­da de Dios se haga pre­sen­te en tu vida. O qui­zás ne­ce­si­tas abrir­te a to­das las po­si­bles vo­ca­cio­nes y no sólo a la que tú quie­res. Porque cuan­to aven­ta­jan los cie­los a la tie­rra, así aven­ta­jan mis ca­mi­nos a los vues­tros y mis pen­sa­mien­tos a los vues­tros (Isaías 55, 9), dice Dios… ¿Y tú pre­ten­des for­zar so­bre ti tus pro­pios pla­nes? Eso no te hará fe­liz y Dios lo sabe. Por eso con­vie­ne que no es­tés ce­rra­do a nada. Conviene desear y dar pa­sos fir­mes en tu vo­ca­ción al amor, en el ser cris­tiano y en tu re­la­ción con Dios. Pero so­bre todo, con­vie­ne no re­ple­gar­te so­bre ti mis­mo, aco­mo­dar­te y dar paso al egoís­mo.

¿Qué ha­cer en­ton­ces? Ser cris­tiano. Porque si de­jas de ser cris­tiano cual­quier otra vo­ca­ción se de­rrum­ba­rá por sí sola. Y ser cris­tiano es de­jar que Dios, y no tú, sea el cen­tro de tu vida. Es amar a Dios so­bre to­das las co­sas y, por tan­to, amar sus pla­nes so­bre ti. Y uno que ama y quie­re los pla­nes de Dios no se de­ses­pe­ra ni se que­ja en el des­cu­bri­mien­to de su vo­ca­ción. Y es, fi­nal­men­te, amar al otro como Dios nos ama. Y Él no nos ama por­que sea­mos bue­nos, sino por­que Él es bueno. Por eso, nos ama siem­pre. Por eso, ten la se­gu­ri­dad de que Dios es tu Padre y que Él tie­ne una obra in­creí­ble pro­yec­ta­da con­ti­go. Así pues, como di­cen las es­cri­tu­ras, se­lla en tu co­ra­zón el he­cho de que Yahvé lo hará todo por mí. ¡Tu amor es eterno, Yahvé, no aban­do­nes la obra de tus ma­nos! (Salmo 138, 8). Tu tra­ba­jo aho­ra es sen­ci­llo: sé cris­tiano. Reproduce en ti la ima­gen de Cristo. Ama como Él te ama. Y así es­ta­rás dan­do los pri­me­ros pa­sos en tu vo­ca­ción al amor que Dios con­cre­ti­za­rá si es­tás dis­pues­to a ello: a la vida con­sa­gra­da o al ma­tri­mo­nio, pero cuan­do Él lo vea con­ve­nien­te. Y sé pa­cien­te, por­que tie­ne su fe­cha la vi­sión, as­pi­ra a la meta y no de­frau­da; si se atra­sa, es­pé­ra­la, pues ven­drá cier­ta­men­te, sin re­tra­so (Habacuc 2, 3), pues… ¡Dios te ama! ¡Y Él no aban­do­na la obra de sus ma­nos!