7.2 El ser­món del mon­te

Curso Católico » Sin Amor, no soy nada » El ser­món del mon­te

Este es el man­da­mien­to mío: que os améis los unos a los otros como yo os he ama­do.
- Juan 15, 12

La prác­ti­ca del Amor Es muy bo­ni­to ha­blar del amor y de que hay que amar a Dios y al pró­ji­mo. Pero todo esto es va­ni­dad si no se pone en prác­ti­ca… ¿Y cómo se pone en prác­ti­ca el amor? Pues bien, Jesús mis­mo en el Sermón del Monte (Mateo 5-7) nos ex­pli­ca cómo po­de­mos amar al pró­ji­mo de for­ma muy prác­ti­ca y con­cre­ta, y esto es fun­da­men­tal por­que si al­guno dice: «Yo amo a Dios», y odia a su her­mano, es un men­ti­ro­so; pues quien no ama a su her­mano, a quien ve, no pue­de amar a Dios a quien no ve (1 Juan 4, 20). Sin em­bar­go, el amor no es algo que se pue­da crear con es­fuer­zo y com­pro­mi­so, sino que nace en nues­tro in­te­rior como res­pues­ta al amor de Dios. Así pues, si no pue­des amar, de­bes bus­car a Dios, por­que no­so­tros ama­mos, por­que él nos amó pri­me­ro (1 Juan 4, 19). Y sólo cuan­do ex­pe­ri­men­tes la gran mi­se­ri­cor­dia y el gran amor de Dios, na­ce­rá de ti una gra­ti­tud y un to­rren­te de vida tan in­men­so que po­drás amar, sin mie­do a las con­se­cuen­cias. Por ello… ¡No pier­das nun­ca una opor­tu­ni­dad para es­tar con Dios!

El Sermón del Monte El Sermón del Monte (Mateo 5-7) em­pie­za con las bie­na­ven­tu­ran­zas (Mateo 5, 1-12), que bá­si­ca­men­te nos mues­tran cómo pue­de ser fe­liz una per­so­na: sien­do po­bre de es­pí­ri­tu, man­so, llo­ran­do, con ham­bre y sed de jus­ti­cia di­vi­na, mi­se­ri­cor­dio­so, lim­pio de co­ra­zón, tra­ba­ja­dor de la paz y per­se­gui­do por Cristo. Pero… ¿Así pue­de uno ser fe­liz? ¿No será más bien de­fen­dien­do tus de­re­chos, es­tan­do ale­gre, dis­fru­tan­do de la vida, ha­cien­do jus­ti­cia y sien­do rico? Pues no, y creer­se esto es real­men­te un reto que re­quie­re rom­per los es­que­mas men­ta­les pro­pios, pues la pre­di­ca­ción de la cruz es una lo­cu­ra para los que se pier­den; mas para los que se sal­van -para no­so­tros- es fuer­za de Dios (1 Corintios 1, 18). ¿Y tú? ¿Te crees que las bie­na­ven­tu­ran­zas re­fle­jan el ca­mino de la Vida? ¿Quieres vi­vir así?

Pero la cosa aho­ra se pone in­tere­san­te, por­que a con­ti­nua­ción Cristo nos lla­ma a ser luz y sal en el mun­do. ¿Cómo? Superando la jus­ti­cia del mun­do con cre­ces y has­ta ex­tre­mos que, en apa­rien­cia, pue­den pa­re­cer ri­dícu­los. Efectivamente, Jesús nos plan­tea en su dis­cur­so la jus­ti­cia nue­va, su­pe­rior a la an­ti­gua (Mateo 5, 20-48) co­sas tan in­ve­ro­sí­mi­les como no re­sis­táis al mal (Mateo 5, 39b) y amad a vues­tros enemi­gos (Mateo 5, 44b). Sí, ha­béis oído bien, no dice odiad­los, ha­ced jus­ti­cia o ig­no­rad­los; dice amad­los. Mencionar en este pun­to que la po­si­ción ofi­cial de la Iglesia Católica es que en el Sermón del Monte hay pre­cep­tos ge­ne­ra­les ne­ce­sa­rios para al­can­zar la Salvación, y con­se­jos es­pe­cí­fi­cos ne­ce­sa­rios úni­ca­men­te para lo­grar la per­fec­ción en el Amor. Pero esto no sig­ni­fi­ca que po­da­mos des­aten­der a esos con­se­jos de per­fec­ción, pues… ¿Qué es lo que quie­re Cristo de ti y de mi? Vosotros, pues, sed per­fec­tos como es per­fec­to vues­tro Padre ce­les­tial (Mateo 5, 48). Efectivamente, si que­re­mos ser ver­da­de­ros cris­tia­nos no po­de­mos as­pi­rar a me­nos que a la per­fec­ción, aun­que la Iglesia y Dios ten­gan mi­se­ri­cor­dia de nues­tra de­bi­li­dad y no nos pi­dan tan­to para nues­tra Salvación.

Sobre la li­mos­na, la ora­ción y el ayuno, ha­bla Jesús a con­ti­nua­ción. En su dis­cur­so se con­de­na a quie­nes prac­ti­can es­tos ac­tos para ob­te­ner la apro­ba­ción de la gen­te, no rea­li­zán­do­los con la ac­ti­tud pro­pia de la ca­ri­dad y en se­cre­to. Y acto se­gui­do, Jesús nos ha­bla del di­ne­ro, ese ído­lo que tan­to daño hace a nues­tra so­cie­dad y so­bre el cual, por des­gra­cia, gira todo. ¿Y qué nos dice? No po­déis ser­vir a Dios y al Dinero (Mateo 6, 24b). ¿Pero cómo vi­vir sin ser­vir al di­ne­ro? Mediante el aban­dono en la Providencia (Mateo 6, 25-34) de Dios, es de­cir, ven­dien­do to­dos los bie­nes. ¿O no crees que Dios te ama y pro­vee en tu vida? De este tema ya tra­ta­mos en pro­fun­di­dad an­te­rior­men­te, pero re­cor­dad que esto no sig­ni­fi­ca no te­ner di­ne­ro, sino que el di­ne­ro no te ten­ga a ti. Y que esto sea ver­dad en tu vida, no sólo mera pa­la­bre­ría. Por eso… ¡Ponte a prue­ba! Otros te­mas im­por­tan­tí­si­mos que se tra­tan en el ser­món son el de no juz­gar (Mateo 7, 1-5), la Regla de oro (Mateo 7, 12) y, por su­pues­to, una fuer­te ex­hor­ta­ción a lle­var el amor a la prác­ti­ca como ha­cen los ver­da­de­ros dis­cí­pu­los (Mateo 7, 21-27). En de­fi­ni­ti­va, el ser­món del mon­te es tan ele­va­do que sólo el hom­bre nue­vo, en­gen­dra­do por Cristo en cada uno de los cris­tia­nos, es ca­paz de per­mi­tir a Dios que lo lle­ve a la prác­ti­ca en nues­tra pro­pia vida has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias.

Con Dios, sí se pue­de La prác­ti­ca del Amor no es im­po­si­ble, pues Cristo mis­mo ha lle­va­do el amor a la prác­ti­ca: el cual, sien­do de con­di­ción di­vi­na, no co­di­ció el ser igual a Dios, sino que se des­po­jó de sí mis­mo to­man­do con­di­ción de es­cla­vo. Asumiendo se­me­jan­za hu­ma­na y apa­re­cien­do en su por­te como hom­bre, se re­ba­jó a si mis­mo, ha­cién­do­se obe­dien­te has­ta la muer­te y una muer­te de cruz (Filipenses 2, 6-8). ¿Y qué pasó en el pro­ce­so? Despreciado, mar­gi­na­do, hom­bre do­lien­te y en­fer­mi­zo, como de ta­par­se el ros­tro por no ver­le, Despreciable, un Don Nadie. Fue opri­mi­do, y él se hu­mi­lló y no abrió la boca. Como un cor­de­ro al de­güe­llo era lle­va­do, y como ove­ja que ante los que la tras­qui­lan está muda, tam­po­co él abrió la boca (Isaías 53, 3.7). En otras pa­la­bras, Él amó al enemi­go que lo cru­ci­fi­có in­jus­ta­men­te, y si­gue amán­do­lo aho­ra. Y nos si­gue aman­do aun cuan­do no­so­tros lo ne­ga­mos en nues­tra vida, es de­cir, cuan­do de­ci­di­mos vi­vir ale­ja­dos de Él. Además, en la cruz Jesús no juz­gó ni con­de­nó, sino que per­do­nó y se aban­do­nó a la pro­vi­den­cia de Dios, su Padre, ha­cién­do­se per­fec­to en el amor. ¡Ante la ma­yor in­jus­ti­cia y vio­len­cia, Él de­vol­vió sólo amor!

Pero lo más im­pre­sio­nan­te no es esto, sino el he­cho de que Dios lo pue­de ha­cer tam­bién en ti. Y lo hace a tra­vés del hom­bre nue­vo que ya ha en­gen­dra­do en ti el Bautismo. Pero para ello de­bes ali­men­tar a este hom­bre nue­vo co­rrec­ta­men­te, es de­cir, de­bes vi­vir, en lo que Dios te per­mi­ta, como el hijo de Dios que eres. Tú afir­ma a Dios en tu vida y Dios hará po­si­ble lo que para ti es im­po­si­ble. Pues lo que era im­po­si­ble a la ley, re­du­ci­da a la im­po­ten­cia por la car­ne, Dios, ha­bien­do en­via­do a su pro­pio Hijo en una car­ne se­me­jan­te a la del pe­ca­do, y en or­den al pe­ca­do, con­de­nó al pe­ca­do en la car­ne, a fin de que la jus­ti­cia de la ley se cum­plie­ra en no­so­tros que se­gui­mos una con­duc­ta, no sean la car­ne, sino se­gún el es­pí­ri­tu (Romanos 8, 3-4). En po­cas pa­la­bras, Dios te va a re­ga­lar la prác­ti­ca del Amor poco a poco… ¿Quieres acep­tar­lo? Los Santos acep­ta­ron, y por eso aho­ra son Santos. Y bas­ta ver la vida de al­gu­nos de ellos, como San Francisco de Asís o Santa Teresa de Lisieux, para de­mos­trar que efec­ti­va­men­te… ¡Con Dios sí se pue­de! Pero cuan­do y como Él quie­ra.

Práctica El Sermón del Monte lle­va a la per­fec­ción los diez man­da­mien­tos, es de­cir, las diez pa­la­bras de vida, que Dios re­ga­ló a su pue­blo: a no­so­tros. ¡Y va mu­cho más allá! Pero es im­po­si­ble prac­ti­car en la vida este amor tan su­bli­me si Dios no te lo con­ce­de. Y por eso mis­mo, si lo hace… ¡No pier­das la opor­tu­ni­dad! Vamos pri­me­ro a co­no­cer se­ria­men­te a qué es­ta­mos lla­ma­dos to­dos los cris­tia­nos, ha­cien­do la Lectio Divina de los frag­men­tos más im­por­tan­tes del Sermón del Monte, es de­cir… ¡De to­dos ellos! Además, con­vie­ne re­cor­dar cómo Cristo lle­vó a la prác­ti­ca todo esto, has­ta el ex­tre­mo de dar su vida en me­dio de in­jus­ti­cias por amor a ti.

Lectio Divina de 1 Corintios 13, 1-13
Lectio Divina de Mateo 5, 1-12
Lectio Divina de Mateo 5, 13-19
Lectio Divina de Mateo 5, 20-48
Lectio Divina de Mateo 6, 1-18
Lectio Divina de Mateo 6, 19-34
Lectio Divina de Mateo 7, 1-12
Lectio Divina de Mateo 7, 13-29
Lectio Divina de Lucas 23, 33-49

Por úl­ti­mo, des­ta­car que es im­por­tan­tí­si­mo en to­das nues­tras ora­cio­nes re­cor­dar­le a Dios que haga cre­cer en no­so­tros el hom­bre nue­vo ca­paz de amar, es de­cir, ca­paz de lle­var a la prác­ti­ca este amor tan ex­tre­mo y ma­ra­vi­llo­so que su Hijo nos ha en­se­ña­do. Para ello, ore­mos cons­tan­te­men­te.

Rezar a Dios para po­der Amar como Él