5.1 Carismas y Competencia

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Con na­die ten­gáis otra deu­da que la del mu­tuo amor. Pues el que ama al pró­ji­mo, ha cum­pli­do la ley.
- Romanos 13, 8

Carismas Dios ha col­ma­do de ben­di­cio­nes a la Iglesia, y lo si­gue ha­cien­do hoy en día. Una de las for­mas con las que lo hace es la de re­ga­lar ca­ris­mas a las per­so­nas que for­man par­te de ella, con el ob­je­ti­vo de que lle­var ade­lan­te el anun­cio del Evangelio y la vida cris­tia­na en el mun­do. Recibir un ca­ris­ma sir­ve ex­clu­si­va­men­te para po­ner­se al ser­vi­cio de los de­más, amán­doos cor­dial­men­te los unos a los otros; es­ti­man­do en más cada uno a los otros (Romanos 12, 10). Porque si un ca­ris­ma es mo­ti­vo de or­gu­llo y va­na­glo­ria, deja de cum­plir su fun­ción, se per­vier­te, y pue­de in­clu­so ser no­ci­vo para la co­mu­ni­dad ecle­sial.

Ciertamente, la Iglesia es una y, por tan­to, to­dos los miem­bros que la for­ma­mos de­be­mos vi­vir en ple­na co­mu­nión; pero te­nien­do do­nes di­fe­ren­tes, se­gún la gra­cia que nos ha sido dada, si es el don de pro­fe­cía, ejer­zá­mos­lo en la me­di­da de nues­tra fe; si es el mi­nis­te­rio, en el mi­nis­te­rio; la en­se­ñan­za, en­se­ñan­do; la ex­hor­ta­ción, ex­hor­tan­do. El que da, con sen­ci­llez; el que pre­si­de, con so­li­ci­tud; el que ejer­ce la mi­se­ri­cor­dia, con jo­via­li­dad (Romanos 12, 6-8). Así pues, no tie­ne sen­ti­do que en­vi­dies a tal o cual otra per­so­na por­que ella pue­de ha­cer algo que tú no: por­que can­ta bien, por­que tie­ne don de pa­la­bra o por cual­quier otra cosa. Tú tie­nes tu pro­pio ca­ris­ma y tu pro­pia mi­sión, que es, a los ojos de Dios, igual de im­por­tan­te que las de­más. Ten tam­bién en cuen­ta que el ca­ris­ma es un don: sólo Dios lo da (Papa Francisco)[42] y, por tan­to, no lo pue­des exi­gir ni con­se­guir por tus pu­ños. Pero lo que es más im­por­tan­te: si ama­ras, que es lo fun­da­men­tal en la vida cris­tia­na, no ten­drías en­vi­dia de tu her­mano de Fe.

Así pues… ¿Cómo sa­ber si se me ha subido a la ca­be­za mi ca­ris­ma? Porque no so­por­ta­rás las crí­ti­cas o que en un mo­men­to de­ter­mi­na­do te man­den no ejer­cer­lo. Por ejem­plo, pue­de pa­sar que el sa­cer­do­te te diga: «tú no can­tas más». O «tú no de­bes dar ca­te­que­sis por un tiem­po». Si ante algo así te re­be­las, es mo­ti­vo su­fi­cien­te para dar­le la ra­zón: no de­be­rías ejer­cer ese ca­ris­ma. Si por el con­tra­rio lo acep­tas con hu­mil­dad y real­men­te tie­nes ese ca­ris­ma, tar­de o tem­prano Dios te re­ga­la­rá otra for­ma de ejer­cer­lo se­gún su Voluntad, que al fi­nal es lo úni­co im­por­tan­te. Esto, ade­más, nos mues­tra que na­die pue­de de­cir: «yo ten­go este ca­ris­ma» (Papa Francisco)[42], sino que el ca­ris­ma lo re­co­no­ce la pro­pia Iglesia en uno. En este as­pec­to, la com­pe­ten­cia por va­na­glo­ria es un cán­cer que des­tru­ye la co­mu­nión y el amor en la Iglesia, y que de­be­mos evi­tar a toda cos­ta.

Competencia Hoy en día, po­cas ve­ces se dis­cu­te para lle­gar a un acuer­do, con­ci­liar pun­tos de vis­ta o co­no­cer me­jor al otro. Hoy en día, y por des­gra­cia, se dis­cu­te por in­te­rés; y en es­tas dis­cu­sio­nes pa­re­ce que todo vale. Por ejem­plo, que en la ma­yo­ría de las dis­cu­sio­nes se ata­que a la otra per­so­na y no a sus ideas o ar­gu­men­tos, es un cla­rí­si­mo ejem­plo de que po­cas dis­cu­sio­nes son sa­nas en nues­tra so­cie­dad. Si en el trans­cur­so de una dis­cu­sión se pier­de la ra­zón, en vez de acep­tar­lo y plan­tear un nue­vo ca­mino, se re­cu­rre a ata­car al otro en su per­so­na o a lan­zar con­sig­nas bo­ni­tas ale­ja­das de la reali­dad, apar­can­do así la ver­da­de­ra dis­cu­sión. De esta for­ma se cum­ple lo di­cho en la Escritura: El ne­cio con­si­de­ra rec­to su ca­mino, el sa­bio es­cu­cha los con­se­jos (Proverbios 12, 15). Así pues, de­be­mos pre­gun­tar­nos: ¿Cómo dis­cu­ti­mos, bus­can­do la ver­dad o que­rien­do sim­ple­men­te te­ner ra­zón?

Dios nos lla­ma a bus­car la Verdad, que es Cristo y sus en­se­ñan­zas, como le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí (Juan 14, 6). También nos lla­ma a te­ner pre­sen­te que po­de­mos no te­ner ra­zón en nues­tras dis­cu­sio­nes, y de­be­mos acep­tar­lo; por el bien de la otra per­so­na y del nues­tro pro­pio, pues el hijo sa­bio acep­ta la co­rrec­ción pa­ter­na, el arro­gan­te no hace caso a re­pri­men­das (Proverbios 13, 1). Al fi­nal, debe guiar­nos la ca­ri­dad; y tra­tar de sa­lir­nos con la nues­tra no es ca­ri­dad, sino or­gu­llo. Por ello, si que­re­mos ser cris­tia­nos de­be­mos re­cha­zar todo tipo de com­pe­ten­cias por in­tere­ses per­so­na­les, y pen­sar siem­pre en el bien del otro. Es más, como Jesús ex­pli­ca en el Sermón del Monte (Mateo 5-7), de­be­mos no re­sis­tir­nos al mal y a las in­jus­ti­cias, aun­que ten­ga­mos toda la ra­zón del mun­do de nues­tro lado. Porque el amor es la nor­ma má­xi­ma que debe guiar nues­tra vida. Y esto es im­po­si­ble para no­so­tros, sí, pero fá­cil para Dios. Por eso, pí­de­le siem­pre… «¡Quiero amar como tú me has ama­do!».

Domesticando el Lenguaje La Iglesia nos en­se­ña que debe pros­cri­bir­se toda pa­la­bra o ac­ti­tud que, por ha­la­go, adu­la­ción o com­pla­cen­cia, alien­ta y con­fir­ma a otro en la ma­li­cia de sus ac­tos y en la per­ver­si­dad de su con­duc­ta. La adu­la­ción es una fal­ta gra­ve si se hace cóm­pli­ce de vi­cios o pe­ca­dos gra­ves. El de­seo de pres­tar un ser­vi­cio o la amis­tad no jus­ti­fi­ca una do­blez del len­gua­je (Catecismo 2480). Sin em­bar­go, hoy pa­re­ce que ya no exis­ten los re­sul­ta­dos ma­los, úni­ca­men­te los re­sul­ta­dos “no tan bue­nos como se es­pe­ra­ban”. Ya no exis­ten los ac­tos atro­ces y erró­neos, sino úni­ca­men­te los ac­tos de mo­ra­li­dad du­do­sa. Ya no se di­fa­ma, ni se ca­lum­nia, ni se hie­re a los de­más, úni­ca­men­te se hace uso de la li­ber­tad de ex­pre­sión. Ya no se ase­si­na pre­me­di­ta­da­men­te una vida inocen­te, se in­te­rrum­pe vo­lun­ta­ria­men­te el em­ba­ra­zo. Y así en todo: he­mos do­mes­ti­ca­do el len­gua­je, de for­ma que, mu­chas ve­ces, pre­sen­ta­mos al mal como bien. Por eso… ¡Atento! Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea os­cu­ri­dad (Lucas 11, 35).

Jesús, sin em­bar­go, siem­pre ha­bla cla­ro: El que no está con­mi­go, está con­tra mí, y el que no re­co­ge con­mi­go, des­pa­rra­ma (Mateo 12, 30). O en otra oca­sión, por ejem­plo, cuan­do Jesús les res­pon­dió: «En ver­dad, en ver­dad os digo: vo­so­tros me bus­cáis, no por­que ha­béis vis­to sig­nos, sino por­que ha­béis co­mi­do de los pa­nes y os ha­béis sa­cia­do» (Juan 6, 26). O por po­ner otro ejem­plo más, cuan­do Jesús re­pren­de a los fa­ri­seos di­cien­do: Raza de ví­bo­ras, ¿cómo po­déis vo­so­tros ha­blar co­sas bue­nas sien­do ma­los? Porque de lo que re­bo­sa el co­ra­zón ha­bla la boca (Mateo 12, 34). Jesús usa un len­gua­je cla­ro, sim­ple y di­rec­to. Nada de ador­nar las pa­la­bras. Nada de ju­gar con los sig­ni­fi­ca­dos. Nada de me­dias ver­da­des. Nada, en de­fi­ni­ti­va, de en­ga­ñar. Lo que con­vie­ne pre­gun­tar­se es… ¿Qué ha­ce­mos no­so­tros? ¿Maquillamos el len­gua­je? ¿Con qué ob­je­ti­vo? ¿Para que­dar bien? ¿Justificamos al mal­va­do? ¿Condenamos con tec­ni­cis­mos al inocen­te? ¡Cuidado! Absolver al mal­va­do y con­de­nar al jus­to son dos co­sas que de­tes­ta Yahvé (Proverbios 17, 15). ¡Hablemos siem­pre con ve­ra­ci­dad!

¿Y qué sig­ni­fi­ca ve­ra­ci­dad? La ver­dad o ve­ra­ci­dad es la vir­tud que con­sis­te en mos­trar­se ver­da­de­ro en sus ac­tos y en sus pa­la­bras, evi­tan­do la du­pli­ci­dad, la si­mu­la­ción y la hi­po­cre­sía (Catecismo 2505). Por úl­ti­mo, acla­rar que esto no sig­ni­fi­ca que no se deba ha­blar con ca­ri­dad, como ha­cía Jesús con los pu­bli­ca­nos y pe­ca­do­res. Pero re­cor­de­mos que la ca­ri­dad es ha­cer el bien a nues­tro pró­ji­mo: si nues­tro pró­ji­mo re­quie­re de tac­to, úsa­lo, pero sin ca­mu­flar la ver­dad; y si re­quie­re de du­re­za en el ha­bla, no la evi­tes para que­dar bien por afec­ti­vi­dad. La ca­ri­dad, y no otra cosa como los afec­tos o la “educación”, debe ser la guía de nues­tras pa­la­bras y obras. Pues si Dios nos ha ama­do… ¿Cómo no amar?

Práctica En to­das nues­tras re­la­cio­nes dia­rias, pero es­pe­cial­men­te en las que te­ne­mos en la Iglesia, con­vie­ne no ha­cer las co­sas por ri­va­li­dad, va­na­glo­ria o es­pe­ran­do re­ci­bir algo a cam­bio. Un gran ejem­plo de esto po­de­mos ob­te­ner­lo en los pri­me­ros cris­tia­nos y en las ex­hor­ta­cio­nes que los após­to­les les ha­cían para que se man­tu­vie­ran uni­dos en la ca­ri­dad. Por ello, va­mos a ha­cer la Lectio Divina de las si­guien­tes ci­tas bí­bli­cas:

Lectio Divina de Romanos 12, 3-13
Lectio Divina de Romanos 14, 1-12
Lectio Divina de 1 Corintios 1, 10-16
Lectio Divina de 1 Corintios 6, 1-11
Lectio Divina de 1 Corintios 12, 4-26
Lectio Divina de Gálatas 5, 13-26
Lectio Divina de 1 Juan 2, 6-11

Como se pue­de com­pro­bar, es­tas lec­tu­ras de­jan las co­sas muy cla­ras so­bre cómo apli­car la ca­ri­dad a nues­tras re­la­cio­nes con los her­ma­nos de la Fe. Y esto es fun­da­men­tal, por­que el signo de la co­mu­ni­dad cris­tia­na debe ser el amor y la uni­dad, cosa que no po­de­mos ol­vi­dar nun­ca. ¡Estamos lla­ma­dos a vi­vir como Cristo nos en­se­ñó!