5.3 – Enfermedades espirituales

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Sólo el Señor puede ser proclamado justo (Eclesiástico 18, 2).

Enfermedades del alma
Las enfermedades espirituales son problemas comunes que desgastan nuestro ánimo, echan a perder nuestra Fe, y destruyen nuestra comunión con la Iglesia. Son enfermedades que se dan en el espíritu, y que debemos tratar de curar para poder vivir como verdaderos hijos de Dios. A continuación os describo brevemente las más comunes hoy en día:

  1. Sentirse indispensable: Nadie es indispensable, sólo Dios. Tu no vas a salvar a nadie: salva Cristo. Tu únicamente eres un pobre siervo de Dios, cuya función puede ejercerla mejor otra persona si Dios así lo quiere. De igual modo, vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os mandaron, decid: No somos más que unos pobres siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer (Lucas 17, 10). Por supuesto, debemos evitar la rivalidad, el carrerismo eclesial, el negocio con las cosas de Dios, la búsqueda de la fama o el poder, y la vanagloria.
  2. Excesiva actividad: Es importante detenerse a contemplar a Cristo. El tiempo de descanso es necesario (Papa Francisco), pues todas las cosas tienen su momento oportuno, y si no dedicas tiempo a la oración y a la Palabra, no harás los planes de Dios sino los tuyos… ¡Pues ni siquiera sabrás que quiere Dios de ti! Respecto a esto, destacar que muchas veces también caemos en la excesiva planificación y la mala planificación, que hay que evitar.
  3. Insensibilidad humana: No es bueno tener un corazón de piedra, incapaz de compadecerse y ser generoso, debemos tener los mismos sentimientos de Jesús (Papa Francisco). Además, si esto empeora uno pasa a pensar sólo en sí mismo, no se preocupa por los demás, e incluso llega a alegrarse de ver al otro caer. ¡Pero sin Caridad no somos Cristianos!
  4. Alzheimer espiritual: Es fundamental no olvidar la historia de Salvación que Dios ha hecho en nuestra vida, nuestro primer encuentro con Él, y nuestro primer amor por Él; con el objetivo de evitar seguir a otros ídolos. Destacar que es esencial llevar una vida coherente con nuestra Fe: que nuestras obras y nuestra Fe se correspondan mutuamente, y que no se quede todo en algo privado. ¡Mantengamos la alegría que da el amor de Dios!
  5. División y Círculos: No debe haber división en Cristo, y se debe evitar que la pertenencia al grupito se hace más fuerte que la pertenencia al cuerpo entero, incluso a Cristo (Papa Francisco). De igual modo debemos evitar el cotilleo y la murmuración entre los diferentes grupos eclesiales, pues se empieza con una simple charla pero se acaba destruyendo las relaciones. Hermanos, guardémonos del terrorismo del cotilleo (Papa Francisco).
  6. No buscar a Dios: La guía de la vida del Católico es el amor, es decir, la virtud de la Caridad. Por amor a Dios y al prójimo evitamos pecar, y por amor rezamos y hacemos el bien. El moralismo de evitar todos los pecados y faltas, o el hecho de rezar, ayudar al prójimo, e ir a la Santa Misa por autosatisfacción personal, son errores que buscan ser bueno, cuando nadie es bueno sino sólo Dios (Marcos 10, 18). En vez de eso busca a Dios, y Él te permitirá hacer todo aquello por amor a Él. ¡Y así actuarás por amor y no por soberbia!
  7. Amor parcial: Rezar para alcanzar y sentir una paz espiritual o rebotarte contra Dios cuando todo va mal, son las manifestaciones más comunes de un amor parcial que se manifiesta en dos extremos: la necesidad de sentir para estar con Dios, y la pusilanimidad calculadora que intenta controlar la voluntad de Dios. Dios nos ama siempre, independientemente de lo que sintamos o razonemos, por ello se dice: Bendeciré en todo tiempo a Yahvé, sin cesar en mi boca su alabanza (Salmo 34, 2). Y en lugar de ser impaciente… ¡Ama su Voluntad!

¿De donde nacen todas estas enfermedades espirituales? Por supuesto, de nuestra debilidad. Por ello lo mejor que podemos hacer es estar vigilantes, evitándolas en la medida de lo posible; y no olvidar nunca que el eje de la vida Cristiana dar a los demás el Amor con que Dios nos llena en su relación personal con nosotros. Sin relación con Dios no hay Amor. Sin Amor no podemos hacer el bien de verdad. Y sin hacer el bien de verdad… ¿Cómo llamarnos Cristianos? Por eso… ¡No pierdas nunca tu relación personal con Dios!

Pecados capitales
Los pecados capitales son, en muchas ocasiones, el mal que enferma nuestra alma, pues son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza (Catecismo 1866). Estos pecados se combaten con las virtudes Cristianas, que ya explicamos en su momento, y que conviene poner en práctica en la medida que Dios nos lo permita.

  1. Gula: La gula se suele asociar a comer y beber mucho, lo cual es correcto, pero no es el único caso: la gula puede ser también el comer siempre cosas “exquisitas”, o estar comiendo durante mucho tiempo. Tu, huye de la gula con el ayuno, y no seas insaciable con los placeres, ni te abalances con la comida (Eclesiástico 37, 29).
  2. Envidia: La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal (Catecismo 2539). La envidia se vence con humildad y caridad: la humildad para no considerarte merecedor de nada, y menos aún de algo que tiene otro; y la caridad para centrarte siempre en las necesidades del otro, en vez de en las tuyas y en lo que supuestamente te falta.
  3. Ira: La ira es una alteración violenta, incontrolada o provocada, en contra de una persona, y que puede llevar al odio e incluso a la venganza. La ira nace normalmente cuando a uno cree que le han hecho una injusticia y no es capaz de poner en práctica las palabras de Jesús que dicen: Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra (Mateo 5, 39). ¿Cómo vencerla? Con paciencia y humildad. Dios te ha perdonado, te ha amado, te ayuda en tu vida diaria, y te ha regalado la Vida Eterna… ¿Cómo no perdonar tu también? Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo (Lucas 6, 36).
  4. Pereza: La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino (Catecismo 2094). Nosotros, en cambio, seamos diligentes en todo, incluido en las obras de la Fe que agradan a Dios, no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos (Marcos 13, 36).
  5. Lujuria: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo (1 Corintios 6, 13b), pues el necio da rienda suelta a sus pasiones, el sabio acaba dominándolas (Proverbios 29, 11). Por eso, frente a la lujuria están la templanza y la castidad, que te permitirán amar a la otra persona, en vez de usarla para tu propio gusto.
  6. Avaricia: La codicia es una sed, un deseo, un afán, de dinero y bienes nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Es fundamental evitar la avaricia, porque nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero (Mateo 6, 24). ¡Dios no puede estar en un corazón codicioso! ¿Y cómo evitar la codicia? Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla corroe (Lucas 12, 33). Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mateo 6, 21).
  7. Soberbia: Orgullo, soberbia, y vanagloria son pecados muy relacionados entre si que eliminan a Dios del centro de la vida y ponen a uno mismo en su lugar. El enorgullecimiento ocurre al atribuirte como mérito lo que te ha sido dado, pues ¿quién es el que te prefiere? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4, 7). ¿Solución? La virtud de la humildad.

Hemos visto los pecados que muchas veces nacen de nuestro corazón y nos llevan a obrar mal, y hemos contrapuesto a cada uno de ellos la virtud que los anula. Pero no debemos olvidar una cosa fundamental: las virtudes no se obtienen sólo poniéndolas en práctica con insistencia, sino fundamentalmente buscando a Dios, que trae consigo todos los bienes. Por ello, no olvidemos nunca hacerle un hueco Dios todos los días. ¿Y si caes? ¡Levántate!

Práctica
¿Por qué hablamos a estas alturas de las enfermedades espirituales y de los pecados capitales? Pues porque el pecado tiene una fuerte dimensión social, es decir, afecta a los demás. Cuando tu y yo envidiamos, empezamos a murmurar, luego difamamos, luego nos enemistamos y odiamos, y finalmente rompemos la unidad de la Iglesia. Cuando somos insensibles a las necesidades de nuestro prójimo, damos un antitestimonio Cristiano, alejando y escandalizando a otras personas. Y así con todo. Por ello, para vivir en la Iglesia es fundamental permanecer alerta en este combate contra el pecado. Ante todo esto, hagamos un serio examen de conciencia y, arrepentidos, acudamos al Sacramento de la Reconciliación:



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