5.3 Enfermedades es­pi­ri­tua­les

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Sólo el Señor pue­de ser pro­cla­ma­do jus­to.
- Eclesiástico 18, 2

Enfermedades del alma Las en­fer­me­da­des es­pi­ri­tua­les son pro­ble­mas co­mu­nes que des­gas­tan nues­tro áni­mo, echan a per­der nues­tra Fe y des­tru­yen nues­tra co­mu­nión con la Iglesia. Son en­fer­me­da­des que se dan en el es­pí­ri­tu, y que de­be­mos tra­tar de cu­rar para po­der vi­vir como ver­da­de­ros hi­jos de Dios. A con­ti­nua­ción os des­cri­bo bre­ve­men­te las más co­mu­nes hoy en día:

  • Sentirse in­dis­pen­sa­ble: Nadie es in­dis­pen­sa­ble, sólo Dios. Tú úni­ca­men­te eres un po­bre sier­vo de Dios, cuya fun­ción pue­de ejer­cer­la cual­quier otra per­son. Además, no vas a sal­var a na­die: sal­va Cristo.
  • Excesiva ac­ti­vi­dad: Es im­por­tan­te de­te­ner­se a con­tem­plar a Cristo. Si no de­di­cas tiem­po a la ora­ción y a la Palabra, no ha­rás los pla­nes de Dios sino los tu­yos… ¡Pues ni si­quie­ra sa­brás qué quie­re Dios de ti!
  • Corazón en­du­re­ci­do: Si cuan­do es­cu­chas la Palabra di­ces «es lo mis­mo de siem­pre», y no toca tu co­ra­zón, o cuan­do ves a un po­bre di­ces «bah» y no lo ayu­das, tie­nes un pro­ble­ma muy gra­ve: has en­du­re­ci­do tu co­ra­zón y el Espíritu ha hui­do de ti.
  • Perder la pro­pia his­to­ria: Es fun­da­men­tal no ol­vi­dar la his­to­ria de Salvación que Dios ha he­cho en nues­tra vida, nues­tro pri­mer en­cuen­tro con Él, y nues­tro pri­mer amor por Él. El ma­ligno tra­ta­rá siem­pre de re­in­ter­pre­tar­lo todo.
  • Grupos se­lec­tos: Hay que evi­tar los círcu­los ce­rra­dos, don­de la per­te­nen­cia al gru­po se hace más fuer­te que la per­te­nen­cia al Cuerpo y, en al­gu­nas si­tua­cio­nes, a Cristo mis­mo (Papa Francisco)[45].
  • No bus­car a Dios: La guía de la vida del ca­tó­li­co es el amor, es de­cir, la vir­tud de la ca­ri­dad. Por amor a Dios y al pró­ji­mo evi­ta­mos pe­car, y por amor re­za­mos y ha­ce­mos el bien. No por un “querer ser per­fec­to” que vie­ne de la so­ber­bia.
  • Amar si es­ta­mos bien: Rezar para sen­tir paz es­pi­ri­tual o re­bo­tar­te con­tra Dios cuan­do todo va mal, son las ma­ni­fes­ta­cio­nes co­mu­nes de un amor par­cial que tie­ne la ne­ce­si­dad de sen­tir­se bien para es­tar con Dios. O si no, no jue­ga.
  • División en­tre vida y Fe: No se pue­de ser cris­tiano a ra­tos, o de­pen­dien­do del con­tex­to. O se es, o no se es. Y si ha­ces esto, ten­lo cla­ro: no lo eres. Y Dios llo­ra por tu trai­ción.
  • Con Dios y el di­ne­ro: Acumular bie­nes o ha­cer de la re­li­gión un ne­go­cio, más allá de que el obre­ro tie­ne de­re­cho a su sa­la­rio (1 Timoteo 5, 18b), so­la­men­te hace más pe­sa­do el ca­mino y lo fre­na inexo­ra­ble­men­te (Papa Francisco)[45].

¿De dón­de na­cen to­das es­tas en­fer­me­da­des es­pi­ri­tua­les? Por su­pues­to, de nues­tra de­bi­li­dad. Por ello, lo me­jor que po­de­mos ha­cer es es­tar vi­gi­lan­tes, evi­tán­do­las en la me­di­da de lo po­si­ble; y no ol­vi­dar nun­ca que el eje de la vida cris­tia­na es dar a los de­más el amor con que Dios nos lle­na en su re­la­ción per­so­nal con no­so­tros. Sin re­la­ción con Dios no hay amor. Sin amor no po­de­mos ha­cer el bien de ver­dad. Y sin ha­cer el bien de ver­dad… ¿Cómo lla­mar­nos cris­tia­nos? Por eso… ¡No pier­das nun­ca tu re­la­ción per­so­nal con Dios!

Pecados ca­pi­ta­les Los pe­ca­dos ca­pi­ta­les son, en mu­chas oca­sio­nes, el mal que en­fer­ma nues­tra alma, pues son lla­ma­dos ca­pi­ta­les por­que ge­ne­ran otros pe­ca­dos, otros vi­cios. Son la so­ber­bia, la ava­ri­cia, la en­vi­dia, la ira, la lu­ju­ria, la gula, la pe­re­za (Catecismo 1866). Estos pe­ca­dos se com­ba­ten con las vir­tu­des cris­tia­nas, que ya ex­pli­ca­mos en su mo­men­to y que con­vie­ne po­ner en prác­ti­ca en la me­di­da que Dios nos lo per­mi­ta.

  • Gula: La gula se sue­le aso­ciar a co­mer y be­ber mu­cho, lo cual es co­rrec­to, pero no es el úni­co caso: la gula pue­de ser tam­bién el co­mer siem­pre algo “exquisito”, o el es­tar co­mien­do du­ran­te mu­cho tiem­po. Tú, huye de la gula con el ayuno, y no seas in­sa­cia­ble con los pla­ce­res, ni te aba­lan­ces con la co­mi­da (Eclesiástico 37, 29).
  • Envidia: La en­vi­dia es un pe­ca­do ca­pi­tal. Manifiesta la tris­te­za ex­pe­ri­men­ta­da ante el bien del pró­ji­mo y el de­seo des­or­de­na­do de po­seer­lo, aun­que sea en for­ma in­de­bi­da. Cuando desea al pró­ji­mo un mal gra­ve es un pe­ca­do mor­tal (Catecismo 2539). La en­vi­dia se ven­ce con hu­mil­dad y ca­ri­dad: la hu­mil­dad para no con­si­de­rar­te me­re­ce­dor de nada, y me­nos aún de algo que tie­ne otro; y la ca­ri­dad para pen­sar en las ne­ce­si­da­des del otro, en vez de en las tu­yas y en lo que su­pues­ta­men­te te fal­ta.
  • Ira: La ira es una al­te­ra­ción vio­len­ta, in­con­tro­la­da o pro­vo­ca­da, en con­tra de una per­so­na, que pue­de lle­var al odio e in­clu­so a la ven­gan­za. La ira nace nor­mal­men­te cuan­do uno cree que le han he­cho una in­jus­ti­cia y no es ca­paz de po­ner en prác­ti­ca las pa­la­bras de Jesús que di­cen: Pues yo os digo: no os re­sis­táis al mal; an­tes bien, al que te abo­fe­tee en la me­ji­lla de­re­cha ofré­ce­le tam­bién la otra (Mateo 5, 39). Por eso la ira es una ilu­sión de jus­ti­cia, pues no hay nin­gu­na jus­ti­cia en ella. Pero… ¿Cómo ven­cer­la? Con pa­cien­cia y hu­mil­dad. Dios te ha per­do­na­do, te ha ama­do, te ayu­da en tu vida dia­ria, y te ha re­ga­la­do la vida eter­na… ¿Cómo no per­do­nar tu tam­bién? Sed com­pa­si­vos como vues­tro Padre es com­pa­si­vo (Lucas 6, 36).
  • Pereza: La ti­bie­za es una va­ci­la­ción o ne­gli­gen­cia en res­pon­der al amor di­vino; pue­de im­pli­car la ne­ga­ción a en­tre­gar­se al mo­vi­mien­to de la ca­ri­dad. La ace­día o pe­re­za es­pi­ri­tual lle­ga a re­cha­zar el gozo que vie­ne de Dios y a sen­tir ho­rror por el bien di­vino (Catecismo 2094). Nosotros, en cam­bio, sea­mos di­li­gen­tes en todo, in­clui­do en las obras de la Fe que agra­dan a Dios, no sea que lle­gue de im­pro­vi­so y os en­cuen­tre dor­mi­dos (Marcos 13, 36).
  • Lujuria: El cuer­po no es para la for­ni­ca­ción, sino para el Señor, y el Señor para el cuer­po (1 Corintios 6, 13b), pues el ne­cio da rien­da suel­ta a sus pa­sio­nes, el sa­bio aca­ba do­mi­nán­do­las (Proverbios 29, 11). Por eso, fren­te a la lu­ju­ria es­tán la tem­plan­za y la cas­ti­dad, que te per­mi­ti­rán amar a la otra per­so­na, en vez de usar­la para tu pro­pio gus­to.
  • Avaricia: La co­di­cia es una sed, un de­seo, un afán, de di­ne­ro y bie­nes na­ci­do de la pa­sión in­mo­de­ra­da de las ri­que­zas y de su po­der. Es fun­da­men­tal evi­tar la ava­ri­cia, por­que na­die pue­de ser­vir a dos se­ño­res; por­que abo­rre­ce­rá a uno y ama­rá al otro; o bien se en­tre­ga­rá a uno y des­pre­cia­rá al otro. No po­déis ser­vir a Dios y al Dinero (Mateo 6, 24). ¡Dios no pue­de es­tar en un co­ra­zón co­di­cio­so! ¿Y cómo evi­tar la co­di­cia? Vended vues­tros bie­nes y dad li­mos­na. Haceos bol­sas que no se de­te­rio­ran, un te­so­ro inago­ta­ble en los cie­los, don­de no lle­ga el la­drón, ni la po­li­lla co­rroe (Lucas 12, 33). Porque don­de esté tu te­so­ro, allí es­ta­rá tam­bién tu co­ra­zón (Mateo 6, 21).
  • Soberbia: Orgullo, so­ber­bia y va­na­glo­ria son pe­ca­dos muy re­la­cio­na­dos en­tre sí, que eli­mi­nan a Dios del cen­tro de la vida y po­nen a uno mis­mo en su lu­gar. El enor­gu­lle­ci­mien­to ocu­rre al atri­buir­te como mé­ri­to lo que te ha sido dado, pues ¿quién es el que te pre­fie­re? ¿Qué tie­nes que no lo ha­yas re­ci­bi­do? Y si lo has re­ci­bi­do, ¿a qué glo­riar­te cual si no lo hu­bie­ras re­ci­bi­do? (1 Corintios 4, 7). ¿Solución? La vir­tud de la hu­mil­dad.

Hemos vis­to los pe­ca­dos que mu­chas ve­ces na­cen de nues­tro co­ra­zón y nos lle­van a obrar mal, y he­mos con­tra­pues­to a cada uno de ellos la vir­tud que los anu­la. Pero no de­be­mos ol­vi­dar una cosa fun­da­men­tal: las vir­tu­des no se ob­tie­nen sólo po­nién­do­las en prác­ti­ca con in­sis­ten­cia, sino fun­da­men­tal­men­te bus­can­do a Dios, que trae con­si­go to­dos los bie­nes. Por ello, no ol­vi­de­mos nun­ca ha­cer­le un hue­co a Dios to­dos los días. ¿Y si caes? ¡Levántate! Además, como dice el após­tol Santiago, aquel, pues, que sabe ha­cer el bien y no lo hace, co­me­te pe­ca­do (Santiago 4, 17). Es de­cir, que si se nos pre­sen­ta la opor­tu­ni­dad de ha­cer el bien…. ¡Hagámoslo! ¡Como Dios lo hace con no­so­tros!

Práctica ¿Por qué ha­bla­mos a es­tas al­tu­ras de las en­fer­me­da­des es­pi­ri­tua­les y de los pe­ca­dos ca­pi­ta­les? Pues por­que el pe­ca­do tie­ne una fuer­te di­men­sión so­cial, es de­cir, afec­ta a los de­más. Cuando tú y yo en­vi­dia­mos, em­pe­za­mos a mur­mu­rar, lue­go di­fa­ma­mos, lue­go nos enemis­ta­mos y odia­mos y, fi­nal­men­te, rom­pe­mos la uni­dad de la Iglesia. Cuando so­mos in­sen­si­bles a las ne­ce­si­da­des de nues­tro pró­ji­mo, da­mos un an­ti­tes­ti­mo­nio cris­tiano, ale­jan­do y es­can­da­li­zan­do a otras per­so­nas. Por ello, para vi­vir en la Iglesia es fun­da­men­tal per­ma­ne­cer aler­ta en este com­ba­te con­tra el pe­ca­do. Ante todo esto, ha­ga­mos un se­rio exa­men de con­cien­cia y, arre­pen­ti­dos, pi­da­mos per­dón al pró­ji­mo y acu­da­mos al Sacramento de la Reconciliación:

Realizar un se­rio Examen de Conciencia a este res­pec­to
Querer y has­ta desear aban­do­nar los pe­ca­dos
Pedir per­dón de los pe­ca­dos pú­bli­cos co­me­ti­dos con­tra otros
Confesarse con un Sacerdote y cum­plir la Penitencia