5.4 Luces y som­bras de la Iglesia

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Dijo a sus dis­cí­pu­los: «Es im­po­si­ble que no haya es­cán­da­los; pero, ¡ay de aquel por quien vie­nen!»
- Lucas 17, 1

Escándalos en la Iglesia Los es­cán­da­los en la Iglesia, por des­gra­cia, son una reali­dad. Y una reali­dad que el mis­mo Jesucristo nos ad­vir­tió. Corrupción, abu­sos a me­no­res, ri­va­li­da­des, lu­chas de po­der, di­fa­ma­cio­nes, ca­lum­nias, etc. Algo que a to­dos los ca­tó­li­cos nos debe ape­nar y, que de he­cho, nos ape­na mu­chí­si­mo, como dice el Salmo: Si fue­ra un enemi­go el que me ul­tra­ja, po­dría so­por­tar­lo; si el que me odia se al­za­ra con­tra mí, de él me es­con­de­ría. ¡Pero tú, un hom­bre de mi ran­go, ami­go y com­pa­ñe­ro, con quien me unía dul­ce in­ti­mi­dad en la Casa de Dios! (Salmo 55, 13-15a). De he­cho, Jesucristo fue el pri­me­ro en ser trai­cio­na­do por uno de sus dis­cí­pu­los, su­frien­do el pri­mer es­cán­da­lo de la Iglesia, y sien­do ade­más aban­do­na­do y ne­ga­do por los de­más. Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso en­tre­gas al Hijo del hom­bre!» (Lucas 22, 48), y acto se­gui­do fue he­cho pre­so, su­frió y mu­rió en la cruz.

Esto nos en­se­ña que el hom­bre es li­bre para ele­gir, y pue­de ele­gir muy mal, aun­que haya es­ta­do toda la vida en la Iglesia. Por eso, re­ce­mos in­ce­san­te­men­te pri­me­ro por ellos, para que como el hijo pró­di­go (Lucas 15, 11-32), pue­dan arre­pen­tir­se y vol­ver a la casa del Padre; y se­gun­do por no­so­tros, para que Dios nos li­bre de caer en lo mis­mo, por­que po­de­mos. Como miem­bros de la Iglesia te­ne­mos la mi­sión de co­rre­gir a nues­tros her­ma­nos con ca­ri­dad, pero so­bre eso co­rre­gir­nos mu­cho más du­ra­men­te a no­so­tros mis­mos para evi­tar el error. Además, te­ne­mos la mi­sión de re­zar por los que se han es­can­da­li­za­do o han su­fri­do por el pe­ca­do de al­guien que de­cía ser ca­tó­li­co. Es im­por­tan­te des­ta­car lo de “pecado”, por­que hay al­gu­nos que se es­can­da­li­zan de la sana doc­tri­na pues­ta en prác­ti­ca. Y eso es bueno: es la luz de Dios que de­nun­cia su vida. No nos ol­vi­de­mos, en tal caso, de que nues­tra mi­sión es anun­ciar­les que… ¡Dios les ama!

Dificultad en la Evangelización Las lu­ces y las som­bras en la his­to­ria de la Iglesia nos afec­tan en mu­chas oca­sio­nes en nues­tra vida, ya que cuan­do da­mos nues­tro tes­ti­mo­nio del Amor de Dios nos di­cen: Sí, eso está muy bien, pero la Iglesia ha he­cho tal cosa, así que no me cuen­tes cuen­tos. En reali­dad, la obra maes­tra de la pro­pa­gan­da an­ti­cris­tia­na es ha­ber lo­gra­do crear en los cris­tia­nos, so­bre todo en los ca­tó­li­cos, una mala con­cien­cia, in­fun­dién­do­les la in­quie­tud, cuan­do no la ver­güen­za, por su pro­pia his­to­ria. […] No ha ha­bi­do pro­ble­ma, error o su­fri­mien­to his­tó­ri­co que no se os haya impu­tado. Y vo­so­tros, casi siem­pre ig­no­ran­tes de vues­tro pa­sa­do, ha­béis aca­ba­do por creer­lo, has­ta el pun­to de res­pal­dar­los. En cam­bio, yo (agnóstico, pero tam­bién un his­to­ria­dor que tra­ta de ser ob­je­ti­vo) os digo que de­béis reac­cio­nar en nom­bre de la ver­dad […] Tras un ba­lan­ce de vein­te si­glos de cris­tia­nis­mo, las lu­ces pre­va­le­cen am­plia­men­te so­bre las ti­nie­blas. Luego ¿por qué no pe­dís cuen­tas a quie­nes os las pi­den a vo­so­tros? ¿Acaso han sido me­jo­res los re­sul­ta­dos de los que han ve­ni­do des­pués? (Léo Moulin)[82]

Además, hay mu­chas per­so­nas que du­ran­te mu­cho tiem­po han te­ni­do aver­sión a la Iglesia por sus en­se­ñan­zas mo­ra­les o doc­tri­na­les, y usan los es­cán­da­los como pre­tex­to para ata­car a la Iglesia y a su doc­tri­na como un todo. La reali­dad no es así, por­que no se juz­ga algo por los que no vi­ven se­gún ese algo, sino por los que sí lo vi­ven. Aun así, a di­fe­ren­cia de otras or­ga­ni­za­cio­nes y gru­pos, la Iglesia ha pe­di­do per­dón en mu­chas oca­sio­nes, y tra­ba­ja con­ti­nua­men­te para evi­tar­lo de nue­vo. Pese a todo, hay mu­chas per­so­nas que es­tán co­me­tien­do un sui­ci­dio es­pi­ri­tual, como de­cía San Francisco de Sales: Pero yo es­toy aquí en­tre us­te­des hoy para evi­tar­les un mal aún peor. Mientras que aque­llos que cau­san el es­cán­da­lo son cul­pa­bles de ase­si­na­to es­pi­ri­tual, los que aco­gen el es­cán­da­lo -los que per­mi­ten que los es­cán­da­los des­tru­yan su fe-, son cul­pa­bles de sui­ci­dio es­pi­ri­tual (San Francisco de Sales)[34]. Además, se han crea­do mu­chas le­yen­das ne­gras que son ar­mas po­ten­tí­si­mas para ata­car a la Iglesia, que exa­ge­ran mu­cho los fa­llos mien­tras ig­no­ran la co­sas bue­nas de cier­tas si­tua­cio­nes. Vamos a ver bre­ve­men­te, a modo de ejem­plo, al­gu­nas de ellas.

Galileo Galilei No. Galileo no mu­rió en la ho­gue­ra con­de­na­do por la Inquisición. Tampoco de­mos­tró que era la tie­rra la que gi­ra­ba al­re­de­dor del sol. Ni si­quie­ra fue el pri­me­ro en pro­po­ner­lo. El pri­me­ro en pro­po­ner­lo fue Aristarco en el si­glo III. Y des­pués la teo­ría fue re­to­ma­da por el clé­ri­go ca­tó­li­co Copérnico el si­glo an­te­rior a la pro­pues­ta de Galileo. Galileo re­to­mó la teo­ría desa­rro­lla­da por Copérnico aña­dien­do al­gu­nas “pruebas”, como las ma­reas, que en su ma­yo­ría eran cau­sa­das o de­mos­tra­ban otras co­sas. Es de­cir, es­ta­ba equi­vo­ca­do. Y su enemi­go no fue la Iglesia, sino un gru­po de cien­tí­fi­cos de la épo­ca, que lo de­nun­cia­ron al po­der ju­di­cial (entiéndase, la Inquisición) por pura ri­va­li­dad aca­dé­mi­ca. Y con los co­no­ci­mien­tos de la épo­ca, la Inquisición de­ter­mi­nó que Galileo no ha­bía apor­ta­do prue­bas con­tun­den­tes que pro­ba­ran su mo­de­lo, por lo que le in­vi­ta­ron a con­ti­nuar en­se­ñan­do di­cho mo­de­lo como una teo­ría más, y lo con­de­na­ron a un re­ti­ro do­mi­ci­lia­rio. Allí Galileo con­ti­nuó su la­bor in­ves­ti­ga­do­ra al lado de sus ami­gos (entre los cua­les ha­bía va­rios sa­cer­do­tes) y, fi­nal­men­te, mu­rió con­fe­sán­do­se ca­tó­li­co e hijo de la Iglesia.

La Inquisición Española Sin jus­ti­fi­car los erro­res de la Iglesia al per­mi­tir la exis­ten­cia de la Inquisición, que de­bió ser algo com­ple­ta­men­te des­vin­cu­la­do de la Iglesia, con­vie­ne des­en­mas­ca­rar la le­yen­da ne­gra que ha sur­gi­do al­re­de­dor de la mis­ma, para sa­ber real­men­te cuál fue el error: que la Iglesia os­ten­ta­ra el po­der ju­di­cial par­cial de un país. Centrémonos, pues, en la Inquisición Española.

La Inquisición no con­de­na­ba a na­die a pena de muer­te, sino que en­tre­ga­ba al acu­sa­do al tri­bu­nal real que era el úni­co tri­bu­nal que po­día con­de­nar a muer­te. Además, en sus casi cua­tro si­glos de exis­ten­cia, los es­pe­cia­lis­tas es­ti­man en me­nos de 10.000 per­so­nas (Pérez, 2006)[92] las que fue­ron en­tre­ga­das a los tri­bu­na­les reales, muy por de­ba­jo de lo que se sue­le creer. Además, sólo se en­tre­ga­ba al acu­sa­do al tri­bu­nal real si no se arre­pen­tía de un cri­men gra­ve o era re­in­ci­den­te en el mis­mo, pues si se arre­pen­tía… ¡Estaba el Sacramento de la Reconciliación! Por otro lado, es cier­to que la Inquisición, como to­dos los tri­bu­na­les de aque­lla épo­ca, tor­tu­ra­ba a los pri­sio­ne­ros para ha­cer­los con­fe­sar, pero mu­cho me­nos que cual­quier otro tri­bu­nal. El tri­bu­nal com­ple­to de­bía apo­yar este mé­to­do para ex­traer la in­for­ma­ción del reo, y se apli­ca­ba en se­sio­nes de má­xi­mo quin­ce mi­nu­tos, siem­pre que un mé­di­co diag­nos­ti­ca­ra que el reo so­por­ta­ría la prue­ba. Además, en sus ma­nua­les, ellos mis­mos lo con­tra­in­di­ca­ban, por lo que se em­plea­ba muy poco: «El tor­men­to no es un me­dio se­gu­ro de co­no­cer la ver­dad. Hay hom­bres dé­bi­les que, al pri­mer do­lor, con­fie­san in­clu­so los crí­me­nes que no han co­me­ti­do; en cam­bio hay otros, más fuer­tes y obs­ti­na­dos, que so­por­tan los ma­yo­res tor­men­tos» (Pérez, 2006)[93]. Además, para evi­tar con­de­nas fal­sas, se le in­vi­ta­ba al acu­sa­do a con­fe­sar sin de­cir­le de que se le acu­sa­ba. De he­cho, hay do­cu­men­tos his­tó­ri­cos que afir­man que los reos pre­fe­rían ser juz­ga­dos por la Inquisición an­tes que por los tri­bu­na­les ci­vi­les.

Por su­pues­to, no nos ol­vi­de­mos de que la Inquisición era un tri­bu­nal que es­ta­ba bajo el con­trol di­rec­to de los Reyes de España, y no de la Santa Sede. Su fun­ción era la de man­te­ner el or­den ci­vil (que en aque­lla épo­ca in­cluía el or­den re­li­gio­so) en el reino, ve­lan­do por el cum­pli­mien­to de las le­yes vi­gen­tes. Las con­de­nas no eran crí­me­nes, sino la apli­ca­ción de la jus­ti­cia hu­ma­na a cri­mi­na­les, es­te­mos o no de acuer­do con las le­yes de la épo­ca. Destacar que, si com­pa­ra­mos este tri­bu­nal con el que ac­tual­men­te tie­ne EEUU, en el que solo en 2015 un to­tal de 2.881 per­so­nas es­ta­ban en el co­rre­dor de la muer­te es­pe­ran­do a ser eje­cu­ta­das (Bureau of Justice Statistics)[21], no pa­re­ce que la Inquisición fue­ra tan “negra” para su épo­ca. Finalmente, hay que de­cir que la Iglesia lo tie­ne cla­ro, apren­dien­do de sus erro­res: En este ho­ri­zon­te se si­túa tam­bién el pro­ble­ma de la pena de muer­te, res­pec­to a la cual hay, tan­to en la Iglesia como en la so­cie­dad ci­vil, una ten­den­cia pro­gre­si­va a pe­dir una apli­ca­ción muy li­mi­ta­da e, in­clu­so, su to­tal abo­li­ción. […] De este modo la au­to­ri­dad al­can­za tam­bién el ob­je­ti­vo de pre­ser­var el or­den pú­bli­co y la se­gu­ri­dad de las per­so­nas, no sin ofre­cer al mis­mo reo un es­tí­mu­lo y una ayu­da para co­rre­gir­se y en­men­dar­se (Evangelium Vitae 56)[77]. Y, por su­pues­to, como se pue­de leer al prin­ci­pio, de lo que no es le­yen­da ne­gra sino cru­da reali­dad, la Iglesia ha pe­di­do per­dón. Y des­de aquí se­cun­da­mos esas dis­cul­pas.

La Iglesia no re­tra­só la cien­cia En mu­chas oca­sio­nes se dice que si la Iglesia no hu­bie­ra exis­ti­do aho­ra vi­vi­ría­mos en un mun­do mu­cho más avan­za­do cien­tí­fi­ca y tec­no­ló­gi­ca­men­te, por­que la Iglesia re­tra­só el avan­ce cien­tí­fi­co de nues­tra so­cie­dad mu­cho tiem­po. Sin em­bar­go, a la luz de la his­to­ria se pue­de ver que esto es com­ple­ta­men­te fal­so: la Iglesia no re­tra­só el avan­ce cien­tí­fi­co. De he­cho, sin pro­fun­di­zar mu­cho en la his­to­ria, po­de­mos en­con­trar con­tun­den­tes mo­ti­vos de esto:

  • La Iglesia con­ser­vó la fi­lo­so­fía grie­ga, el de­re­cho ro­mano, la cien­cia pre-ro­ma­na y las obras clá­si­cas du­ran­te mu­chos si­glos; co­pian­do di­chas obras a mano en los mo­nas­te­rios.
  • Durante si­glos, la Iglesia ca­tó­li­ca des­ple­gó la ma­yor red so­cial de ayu­da y co­la­bo­ra­ción, lo que per­mi­tió a mu­cha gen­te la po­si­bi­li­dad for­mar­se. Red que aún hoy en día per­sis­te.
  • Muchísimos gran­des cien­tí­fi­cos, que hi­cie­ron enor­mes avan­ces cien­tí­fi­cos, eran ca­tó­li­cos prac­ti­can­tes: Galileo Galilei, Nicolás Copérnico, Alessandro Volta, Georges Lemaître, Alexis Carrel, Pierre de Fermat, Gregorio Mendel, etc.
  • La Iglesia reali­zó avan­ces cien­tí­fi­cos en to­das las áreas, que han sido la base de la cien­cia mo­der­na: el pri­mer tra­ta­do de ci­ru­gía de Europa me­die­val, el he­lio­cen­tris­mo, me­di­ción de la ve­lo­ci­dad del so­ni­do, la ley de Boyle-Mariotte, la teo­ría del big bang, el des­cu­bri­mien­to del efec­to Venturi, el des­cu­bri­mien­to de la di­frac­ción de luz, las le­yes de la ge­né­ti­ca, y mu­cho más…
  • La Iglesia fun­dó, man­tu­vo y am­plió las pri­me­ras uni­ver­si­da­des en la his­to­ria de oc­ci­den­te; y fun­dó gran­des or­ga­ni­za­cio­nes de ayu­da so­cial y edu­ca­ti­va. Por eso, aún hoy en día exis­te una am­plí­si­ma red de co­le­gios y uni­ver­si­da­des ca­tó­li­cas.

Pero lo más im­por­tan­te que de­be­mos te­ner en cuen­ta es que la Iglesia ca­tó­li­ca no ha es­ta­do dos mil años en todo el mun­do. De he­cho, en mu­chos si­tios aún no tie­ne casi pre­sen­cia. Sin em­bar­go, don­de ha es­ta­do es don­de la so­cie­dad tie­ne los ma­yo­res avan­ces cien­tí­fi­cos y un ma­yor desa­rro­llo so­cial… ¿Casualidad?

Los sa­cer­do­tes no son pe­de­ras­tas En pri­mer lu­gar es fun­da­men­tal re­co­no­cer los de­li­tos que al­gu­nos miem­bros del cle­ro de la Iglesia han co­me­ti­do. Es im­por­tan­te tam­bién pe­dir per­dón por no ha­ber reac­cio­na­do ade­cua­da­men­te ante es­tos ca­sos en su mo­men­to, y po­ner to­das las me­di­das ne­ce­sa­rias para evi­tar que esto su­ce­da de nue­vo. Así pues, lo pri­me­ro es se­cun­dar la res­pues­ta de la Iglesia a los ca­sos que real­men­te se han dado. ¿Cuál es esta res­pues­ta? Una au­to­crí­ti­ca muy dura, y un cam­bio muy se­rio que pue­des co­no­cer en:

Abusos con­tra me­no­res: La res­pues­ta de la Iglesia

La Iglesia ha eva­lua­do las acu­sa­cio­nes re­fe­ri­das a unos 3000 ca­sos de sa­cer­do­tes dio­ce­sa­nos y re­li­gio­sos que re­mi­ten a de­li­tos co­me­ti­dos en los úl­ti­mos cin­cuen­ta años […] En el 60% de esos ca­sos se tra­ta más que nada de ac­tos de “efebofilia”, o sea de­bi­dos a la atrac­ción se­xual por ado­les­cen­tes del mis­mo sexo, en otro 30% de re­la­cio­nes he­te­ro­se­xua­les y en el 10% de ver­da­de­ros y au­tén­ti­cos ac­tos de pe­dofi­lia […] Los ca­sos de sa­cer­do­tes acu­sa­dos de ver­da­de­ra y au­tén­ti­ca pe­dofi­lia son, en­ton­ces, unos tres­cien­tos […] Hay que te­ner en cuen­ta que son 400.000 en to­tal los sa­cer­do­tes dio­ce­sa­nos y re­li­gio­sos en el mun­do (Charles Scicluna)[102]. Esto es algo la­men­ta­ble y que, por su­pues­to, nun­ca de­be­ría ha­ber su­pe­ra­do el 0%. Sin em­bar­go, de­be­mos ha­cer­nos una idea más rea­lis­ta de la mag­ni­tud del dra­ma del abu­so a me­no­res, en el que es­tos abu­sos no cons­ti­tu­yen más que una gota en un te­rri­ble oceano:

  • El por­cen­ta­je de pa­dras­tros que abu­san de sus hi­jas en Finlandia es de un 3,7% (Sariola & Uutela, 1996)[101].
  • El 9,6% de to­dos los es­tu­dian­tes de EEUU han sido abu­sa­dos al­gu­na vez por sus pro­fe­so­res (Shakeshaft, 2004)[103].
  • En Europa el 13.5% de las chi­cas y el 5.6% de los chi­cos me­no­res de 18 ha su­fri­do abu­sos al­gu­na vez en la vida (Pereda et al, 2009)[91].
  • El 30% de to­dos los abu­sos los co­me­te la pro­pia fa­mi­lia de la víc­ti­ma, el 60% la fa­mi­lia más le­ja­na o los ami­gos, y los ex­tra­ños es­tán in­vo­lu­cra­dos en un 10% de los ca­sos (Whealin, 2007)[107].

Es de­cir, los ca­sos de abu­sos por par­te del cle­ro son ín­fi­mos en la glo­ba­li­dad de este am­plio pro­ble­ma, y esto no se co­rres­pon­de con la per­cep­ción crea­da cuan­do es­tos ca­sos tan tris­tes ocu­pan las pri­me­ras pla­nas de los dia­rios (Charles Scicluna)[102].

Ante este dra­ma hay que ser fir­mes en no per­mi­tir ni un sólo caso más; y en ha­cer lo po­si­ble por ayu­dar a las víc­ti­mas de cual­quier tipo de abu­so in­clui­do, por su­pues­to, los lle­va­dos a cabo por miem­bros del cle­ro de la Iglesia Católica, que ha pa­ga­do a las víc­ti­mas como re­sul­ta­do de los jui­cios cer­ca de 4.000 mi­llo­nes de dó­la­res en Estados Unidos (Agencia EFE)[2]. Pero si a un pa­dras­tro o a un pro­fe­sor no los lla­mas de bue­nas a pri­me­ras “pederasta vio­la­dor de ni­ños”, pese a re­pre­sen­tar la abru­ma­do­ra ma­yo­ría de los que abu­san, pues la ma­yo­ría de ellos son ab­so­lu­ta­men­te inocen­tes; tam­po­co a un sa­cer­do­te se le pue­de lla­mar así, por­que la gran in­men­sa ma­yo­ría de ellos son inocen­tes. Efectivamente, la ma­yo­ría de sa­cer­do­tes real­men­te se preo­cu­pan por las per­so­nas, de­di­can su vida al bien co­mún y no pa­ran de ayu­dar a los de­más a tra­vés de mul­ti­tud de ini­cia­ti­vas.

Como re­fle­xión del bom­bo me­diá­ti­co que se le da a es­tos ca­sos, pen­sad que du­ran­te la pri­me­ra mi­tad del 2002, los 61 pe­rió­di­cos más im­por­tan­tes de California pu­bli­ca­ron 2000 his­to­rias de abu­so se­xual en ins­ti­tu­cio­nes ca­tó­li­cas, ma­yor­men­te re­la­cio­na­dos con acu­sa­cio­nes pa­sa­das. Durante el mis­mo pe­rio­do, esos pe­rió­di­cos pu­bli­ca­ron cua­tro his­to­rias acer­ca del des­cu­bri­mien­to del go­bierno fe­de­ral de un es­cán­da­lo de abu­so se­xual mu­cho más lar­go ―y con­ti­nuo― en es­cue­las pú­bli­cas (Tom Hoopes)[52]. Y esto es sólo un ejem­plo en­tre mi­les de ca­sos si­mi­la­res. La pre­gun­ta es… ¿Por qué los me­dios nos quie­ren ha­cer creer que el pro­ble­ma de la pe­de­ras­tia es de la Iglesia Católica?

La Iglesia y el SIDA Contrariamente a lo que se sue­le pen­sar, las pro­pues­tas de la Iglesia Católica so­bre la se­xua­li­dad ayu­dan a re­du­cir las ta­sas de in­fec­ción de las en­fer­me­da­des de trans­mi­sión se­xual, en­tre las que des­ta­ca el SIDA. ¿Qué pro­pues­ta es esta? La de vi­vir las re­la­cio­nes úni­ca­men­te den­tro del ma­tri­mo­nio en fi­de­li­dad mu­tua y ex­clu­si­va. Esto, ade­más de eli­mi­nar el ries­go de con­ta­gio, per­mi­te vi­vir me­jor el ma­tri­mo­nio. Así pues, por ejem­plo, en Uganda se puso en mar­cha el mé­to­do ABC, que con­sis­te en un pro­gra­ma de pre­ven­ción de tres ca­pas, cada una de ellas más im­por­tan­te que la si­guien­te:

  • Abstinencia: Promover la cas­ti­dad como la vir­tud que es, in­vi­tan­do a los jó­ve­nes que es­pe­ren al ma­tri­mo­nio para en­tre­gar­se mu­tua­men­te. Si no hay re­la­cio­nes, no hay po­si­bi­li­dad de con­ta­gio de en­fer­me­da­des como el SIDA.
  • Fidelidad: Promover la fi­de­li­dad en los ma­tri­mo­nios, de for­ma que si dos per­so­nas sa­nas sólo tie­nen re­la­cio­nes en­tre ellas y con na­die mas, la en­fer­me­dad no se pue­de pro­pa­gar.
  • Condón: En ca­sos ex­tre­mos, el uso de con­dón como úl­ti­mo re­cur­so; que ayu­da a re­du­cir la po­si­bi­li­dad de in­fec­ción (aunque en nin­gún caso la evi­ta de for­ma com­ple­ta­men­te se­gu­ra). Esta op­ción no es con­for­me a la mo­ral de la Iglesia, y no es apta para ca­tó­li­cos, pero la Fe no se pue­de im­po­ner a toda una so­cie­dad. Sin em­bar­go, las cam­pa­ñas de pu­bli­ci­dad de­ben ir prio­ri­ta­ria­men­te a fo­men­tar las otras dos ca­pas.

¿El re­sul­ta­do? Excelente, como de­mues­tran va­rios in­for­mes mé­di­cos y so­cio­ló­gi­cos, que apun­tan a una re­duc­ción del 70% de in­ci­den­cia del SIDA en el caso de Uganda, que ha apli­ca­do este mé­to­do (Green, 2006)[50]. Y esto no se ha lo­gra­do en nin­gún otro país, pues fo­men­tan fun­da­men­tal­men­te el uso del con­dón. Al fi­nal, está cla­ro que cada uno es li­bre y pue­de ele­gir o no se­guir es­tas di­rec­tri­ces, pero pro­po­ner­las y pro­mo­ver­las no obli­ga a na­die y ayu­da a mu­chos, como los pro­pios da­tos in­di­can. Así pues, la pró­xi­ma vez que te di­gan que la Iglesia tie­ne la cul­pa de que se pro­pa­gan en­fer­me­da­des como el SIDA por­que re­cha­za el uso del con­dón, con los da­tos en la mano de ca­sos como el de Uganda, pue­des mos­trar­les la reali­dad.

Práctica Nadie se con­vier­te por sa­ber es­tas co­sas, y una dis­cu­sión so­bre es­tos te­mas di­fi­cil­men­te aca­ba bien… ¡No te en­zar­ces en ellas! La evan­ge­li­za­ción se hace siem­pre dan­do una ex­pe­rien­cia de la Fe vi­vi­da, que las obras que ha­ces de­ben co­rro­bo­rar. Entonces… ¿Por qué co­no­cer todo esto? Para que la men­ción de al­gu­na de es­tas le­yen­das ne­gras no pro­vo­que en ti ver­güen­za y se­lle tus la­bios. Nada más y nada me­nos. Por eso, hoy la Iglesia te dice: no te aver­güen­ces, pues, ni del tes­ti­mo­nio que has de dar de nues­tro Señor, ni de mí, su pri­sio­ne­ro; sino, al con­tra­rio, so­por­ta con­mi­go los su­fri­mien­tos por el Evangelio, ayu­da­do por la fuer­za de Dios (2 Timoteo 1, 8). Y ha­bla siem­pre bien de tu Madre la Iglesia… ¿O qué hijo no ha­bla bien y con ale­gría de su ma­dre cuan­do es tan bue­na con él?

No du­des nun­ca de evan­ge­li­zar con amor
Habla siem­pre bien de la Iglesia Católica